Historias del centro.

Dos Amor.

Del viaje que hice a Praga acompañado por mis padres, cuando tenía ocho años, sólo recuerdo dos cosas de forma clara. La primea es el estruendo incansable y omnipresente de los tranvías. El otro recuerdo es el de dos niños, no mayores de doce años. Dos pequeños que tocaban el violín de forma virtuosa. Reproducían una melodía tras otra, moviendo sus diminutos dedos a lo largo de las cuerdas mientras agitaban el arco en un frenético compás.

Uno de los niños era, de hecho, una niña. Vestía un pantalón corto que dejaba sus esqueléticas y morenas piernas al aire. Sus pies, completamente ennegrecidos por la suciedad, estaban cubiertos por unas chanclas mugrientas, tres tallas mayores y ajadas. En la parte de arriba llevaba una camiseta negra, idéntica a las que vendían en las tiendas de souvenirs, ajustada hasta el punto de insinuar levemente su prematura feminidad. Su rostro era más quemado que bronceado, apagado y casi sin luz. En cuanto a su cabello, este era gris, como las primeras canas, y un par de esos bucles cenicientos ocultaban a ratos unos ojos perfectamente verdes, dos pequeños focos que iluminaban el violín y al público de manera alterna. Sin embargo lo más hermoso era su nariz, puntiaguda y alargada, un estilete que armonizaba toda la cara, a ella, el violín, la plaza con su reloj y por un instante toda la ciudad, incluyendo sus tranvías.
Aquella niña cíngara y habilidosa causó una fuerte impresión en mí. Mis padres se percataron de mi fascinación y me dieron unas monedas. La gente las arrojaba a un sobrero, pero yo estaba paralizado, mirando asombrado desde un lateral. Tras unos instantes mis padres me dieron varios empujones y me acerqué timorato. Penetré en el amplio círculo de público con la mirada fija en la niña, obviando a su hermano y en cierto modo conteniendo la respiración. Al llegar al sombrero arrojé las monedas con vergüenza infantil y un enloquecido pudor. Luego alcé la vista y vi la sonrisa que salía bajo los ojos verdes. Duró un segundo, dedicó un segundo de su tiempo a mi gesto y continuó agitando el arco y los dedos. En aquel exacto momento se produjeron mi primer y mi segundo amor, me enamore de la niña y de la música que tocaba.

Intentado mantener, aunque fuese, uno de esos amores vivos estuve veinte años en el conservatorio de mi ciudad. Veinte años tras los cuales no he conseguido ni la mitad del genio de aquellos niños, pero sí parte de su vida. Ya que me encuentro viajando de vuelta Praga, de estación en estación tocando para pagar el siguiente billete de tren, deseando volver a ver a mi primer amor.

Al tenor de las circunstancias.

Carmen, tenía un nombre y con el un destino. Su padre la llamó así por la ópera y porque a su vez significa canción. Durante toda la infancia de Carmen fue a ver, o más bien escuchar las obras de Verdi, Puccini o Bizet. Algo le quemaba por dentro y poco a poco fue modulando su voz en secreto, en el baño, en el metro, o en la soledad de su cuarto. Soñaba con levantar los vítores de público de la Ópera de Viena. A muy temprana edad su padre descubrió su afición, acto seguido invirtió todos sus ahorros en profesores de canto, los mejores. Uno a uno fueron enseñando a la joven a cantar. Ella dejó todo lo demás de lado, no podía señalar casi ningún país en el mapa, pero era capaz de destrozar una copa a treinta metros de distancia, una vez incluso hizo saltar las alarmas de los coches de su calle.

Y de forma irremisible cuando tuvo suficiente edad llegaron las audiciones. Consiguió puestos secundarios en numerosas ocasiones. Su vida cambio en aquel momento, se convirtió en la soprano más prometedora, y sin darse cuenta llegó el momento del papel protagonista. Carmen interpretó a su homónima en la Casa de la Ópera de Viena y su sueño se cumplió tal cual. Ella era el espejo de la española, su alma escribió el crítico que más tarde sería su pareja. Cosechó tanto éxito con la ópera de Bizet que durante tres años no cantó otra cosa, visitó los mejores recintos y recibió vítores allá donde su voz resonó. Después volvió a su hogar a Viena para el estreno de su siguiente papel. Pero fue un fracaso absoluto, perdida o ahogada fueron algunos de los juicios que le hicieron. De la noche a la mañana acabó cantando en espectáculos para turistas, lo más bajo de la profesión, aunque espléndidamente bien pagado. Su vida se tranquilizó y olvidó que tuviese un sueño o que se hubiese cumplido. Una vez, su pareja fue a verla y escribió una crítica tan dura que ella lo echó de su casa. Desde ese momento la dejadez se instaló en su vida, de la plaza de Beethoven a su piso y viceversa. Al acabar cada día huía sin despedirse de sus compañeros, temerosa y avergonzada. Pero esta noche en el momento que interpretaba el aria de Papagino su voz se secó por unos segundos. Durante esos instantes observó como todo el elenco de turistas estaban más preocupados por hacerle una foto o hablar con la persona del asiento contiguo. En realidad se vio a sí misma, como su pareja la había descrito: Una vieja gloria prostituida. Terminó la actuación y como todas las noches salió corriendo. De camino al metro, bajo un árbol, una pareja andaba comentando la actuación. Y Carmen oyó como la chica le decía a su acompañante: Vaya inútil se ha quedado muda, no vale ni los veinte euros que nos ha costado. Carmen agachó la cabeza, entró en la estación, se colocó al principio del andén y esperó a que llegase el tren, esperó para saltar.

Recortes del Estado.

Trabajo bajo tierra, a la orilla del Danubio, en la parte de Buda de Budapest. Mi trabajo no me disgusta en absoluto, consiste en reponer el agua caliente y el té en el área de descanso de las “catacumbas”. Como en todo el país el exceso de personas para hacer el mismo trabajo es patente, podemos ser veintidós personas en los subterráneos, cuando con cinco hasta sobraría alguno. Pese ser capitalistas Hungría sigue estancada en el comunismo.
Sin embargo esta noche habrá un sueldo menos que pagar. Dentro de los túneles hay pozos, profundos, insondables y oscuros. Son adecuados, sólo basta con retirar la reja que impide que los estúpidos turistas caigan y emular a algún compañero despistado, de esta forma ya llevo tres, de los cinco, pozos rellenos. Lo bueno de este exceso de mano de obra funcionaria es que al ser un sueldo menos nadie se preocupa. Quizás los familiares o los caseros de sus pragmáticos pisos, pero al cavo del tiempo les dan por fugados. Emigrantes como los del telón que buscan fuera algo mejor. Lo que nadie sabe es que están dentro de la roca, de la propia capital y de las corrientes subterráneas del Danubio.

Shelob from Viena.

ELLA, la araña de Viena, tiene magníficas vistas gracias a Francisco José. Vive en una tela grande y hermosa situada en una cornisa del museo de historia natural y, gracias a ello, casi siempre tiene avispas de cenar. ELLA heredó gran parte de su tela de su madre, y esta de su abuela. Sus hermanas, arañas de Viena, se fueron o murieron, porque ser araña en Viena, pese a tener comida asegurada, es muy peligroso. ELLA cree que la experiencia y el sentido arácnido son vitales. Su primer hermano murió por una avispa, comenzó a envolverla y se dejó el aguijón. ELLA directamente corta esas mortales agujitas para desecharlas después. Otros, muchos de sus hermanos, sucumbieron por los pájaros y es que sobrevivir a cuervos, palomas, gorriones y demás aves es complicado.
Ahora ELLA, la araña de Viena, espera a sus pequeñas. Una babosa despistada pasó cerca y se quedó como incubadora. La tela está cubierta de avispas sin aguijón, listas para la nueva camada, además de moscas secas y algún saltamontes ya mordisqueado. ELLA ahora que se acerca su fin sólo desea compartir su tela, como cuando era pequeña y la exploraba con sus hermanos.

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Licuado

En el sueño todo lo sólido y lo gaseoso fluía de un lado a otro, como una marea constante. Los objetos se fundían y daban a luz nuevas formas. El tiempo pasaba desde muy antiguo hasta el presente y seguía avanzando. El mundo se reconstruía en agua una y otra vez. Torres de millones de hectómetros cúbicos se erguían para caer instantes después. La gente, con pasos ondulantes, se encaminaban por miles de caminos, igual que un río constante. Todos fluyendo como una única masa que se filtra en cada grieta de la montaña. Un sistema circulatorio tan viejo como el mismo mundo construido a la perfección. Desde las grandes arterias hasta el más nimio capilar. A veces un sobresalto se llevaba por delante zonas enteras que quedaban desiertas, secas y yermas, pero a la siguiente milésima todo se renovaba, de igual forma que un campo reverdece en primavera, y el agua inundaba de nuevo el lugar. A lo largo de ese espectáculo de parque de atracciones en algunas ocasiones aparecían gotas, o líquidos distintos. Siempre al mismo tiempo, siempre surcando caminos parecidos hasta encontrarse, fundiéndose en gotas únicas de mercurio vibrante. Gotas que explotaban por casualidad, volatilizándose sin dejar rastro, dejando vacío el espacio. A esas gotas de mercurio no las sustituía nada. Aparecían al tiempo, al transcurrir mucho tiempo otras gotas similares, pero con matices diferentes. Surgían, seguían el mismo destino de las anteriores y así a lo largo de todo el sueño. Pude contar seis o a lo sumo siete de esas gotas venusianas. La última fue distinta, al explotar se quedó un trozo allí. Inerte, golpeado por el vertiginoso torrente de agua que era el mundo fluyendo. Permaneció en movimiento, sólida frente al resto de líquidos que viajaban por sus alrededores. Y como todo sólido se fue erosionando, dejando trozos de sí en cada roce hasta desaparecer.

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3600 latidos por minuto.

3600 latidos por minuto.

Cuando el sol imaginario golpea mi ventana,

arrancándome bruscamente las sábanas,

arrojándome de un golpe fuera de la cama.

3600 latidos por minuto.

Llenándome de hormonas

de nombres desquiciados.

Expandiendo el negro

en mis paralelas pupilas.

3600 latidos por minuto.

Atravesando mi cerebro.

Zigzagueando

de recuerdo a sueño,

igual que un rayo

entre los trozos de cielo.

3600 latidos por minuto.

Para ver sin ver la imagen

De un esplendido amanecer.

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Melón

Dulce melón,
como los labios temerosos
o los que exudan su jugo.

Fresco melón,
como el sutil aroma a cuello
o el perfume de los senos.
Verde melón,
como las estrellas de posición,
o las lágrimas de incomprensión.

Duro y blando melón.
unas veces férreo
y otras terso.

Oh Dulce melón
Jodidamente dulce y lindo melón.

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Revo.

Sitio al orondo regente,
Con la izquierda alzada,
Con la bandera enarbolada.

El seno al sol
Guiando a la turba,
Dirigiendo al pueblo,
Liderando el anhelo.

Una revolución tricolor,
después de esta otras tantas,
Como antes la anterior,
Pero luego sólo dormitar

Flamantemente, algún día
El perezoso pueblo
Romperá el mando
Tomará el control
Y bien alto se erguirá.
Dueño de su presente.

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Skespeare reborn.

Mi dulce señora

que observas el cielo augusto

sólo hay una cosa que yo anhelo

Luz, calor y fuego

Fulgor que alumbre mi camino.

por el pasado oscurecido.

Tibieza que me llene mi interior,

ardor que sea de nos.

Y llamas que permitan con valor

afrontar el destino.

Y si esa sagrada trinidad,

no puede serme concedida.

Que el mismo Dios tema por su inmortalidad,

Pues no habrá lugar en esta ni en la otra vida

En el que se pueda ocultar.

Porque a fé que estos dones me he ganado.

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Casio presente


¿Por qué no le hacen nada las balas?
¿por qué siempre nos gana?
Los golpes no le mellan,
Las penurias no le pesan.
Nos mira de soslayo
Como un ser superior.
¿Acaso es invencible?
Nadie es indestructible.
Entonces cómo se le vence.
Sólo puedes ignorarle.
¿Cómo si siempre está presente,
siempre vigilante y diligente?
Es su forma de ser.
No, es un monstruo.
Eso nunca existió.
¿Entonces qué es?
Yo sólo sé su nombre.
Pues dímelo te lo ruego.
Su nombre es Tiempo.

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Your credit is about to expire.

Como un Conan sin espada,

un Shekespeare sin pluma

y un Cervantes sin batalla.

Los días pasan

y no ocurre nada,

nada, nada y nada.

solamente

el futuro  que se escapa,

mientras el presente nos atrapa

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Maneki Neko

- Abuelo, ¿Por qué dice la gente que tenemos la suerte de un gato?- Dijo el niño mirando muy arriba. Su abuelo le sujetaba la mano agachándose un poco por le lado izquierdo.

- ¿Quién dice eso?- Preguntó el anciano con la mirada fija en le camino de tierra.

- El pescadero.-

- Ese malnaci…- Paró el abuelo a media palabra.- Es porque tenemos mala suerte.

- Pero a mi me gustan los gatos.- Dijo el niño tirando del brazo del anciano.- Dan mala suerte.

- No, sólo uno y está allí.- El abuelo señaló la luna que pese a ser medio día se veía blanquecina en el cielo.

- ¿El gato de la luna es gafe?- El niño se soltó la mano del anciano y dio un saltitos señalando el satélite. Una polvareda se levantó en la zona, pero el viento seco y cálido se llevó pronto la mayor parte del polvo, el resto se quedó en las piernas desnudas y sudorosas de los dos caminantes.

- Es una historia muy larga. De la época en la que tus padre y la abuela estaban vivos.- En el rostro del viejo los ojos se cristalizaron y paró en seco. Los recuerdos de tiempos mejores le asaltaron por la espalda como un ladrón. Pese a que hacía ya tres años del incidente todavía le dominaba la nostalgia al recordarlo. Todo el mundo había perdido aquel estúpido día, pero él tenía la sensación de haber sido el único derrotado.

- No me acuerdo de los papas y la abuela.- Dijo el niño volviendo atrás hasta ponerse a la altura del anciano, cogió la mano y tiro hacía adelante.

- Tu padre era muy listo, quizás la persona más lista que había en el mundo. Y eso era porque estudió mucho de pequeño, que es lo que tienes que hacer tú.- el anciano retomó el paso moderadamente acelerado y tiró levemente de la mano del crío.

- ¿Y mamá, y la abuela?.- La abuela era muy dulce, te abría podido preparar caramelos ella misma. Y mi hija, tu madre era muy guapa y muy inteligente también.- el abuelo aceleró el paso intentando huir de los recuerdos, pero un tirón fuerte le paró en seco.

- Abuelo.- Exclamó el pequeño.

- Ah, voy muy rápido. Es que tenemos que llegar a casa hoy hay tormenta de arena.- Mintió el anciano, pero se sitió disculpado.

- ¿Y por qué los papas y la abuela no están?- Preguntó el crío con la curiosidad típica de un infante, sin ser consciente de que a veces las cosas tiene una trascendencia mayor de lo que a priori parece.

- ¿Por qué?- Se preguntó el anciano en voz alta. Los recuerdos le asaltaron sin remedio y más allá de la perdida pudo sentir el instante exacto en el que perdió, a casi toda su familia, se despertaba en su memoria. Llevaba tiempo dormido aquel recuerdo, tanto que tuvo un mal despertar.- Vamos a descansar.- Dijo tirando del niño en dirección a un árbol. Se sentó a la sombra y limpió las rodillas desnudas dándoles unos golpecitos.

-¿No venía tormenta?- Preguntó el niño sentándose al lado del anciano y repitiendo el gesto de este.

El viejo miró al horizonte y vio como estaba en calma.- No creo que venga pronto.- A los pies del árbol el calor era soportable y los dos familiares se sintieron aliviados.

- ¿Abuelo, los papas y la abuela hicieron algo malo?- Preguntó el chiquillo escarbando la tierra reseca y gris con las manos.

- No. ¿Por qué dices eso?.- El anciano posó su mirada en las manos del niño y observó con detenimiento como estas se cubrían de polvo.

- Nunca me cuentas nada.- Sacudió con las palmas la tierra un creó una pequeña polvareda.

El abuelo reflexionó un par de segundos y finalmente hablo.- Ven aquí.- Dijo señalando sus huesudas rodillas.- Deja de ensuciarte las manos y te contaré que pasó.-

El niño se levantó de un respingo y dio un salto hasta las piernas del anciano. Sus ojos se quedaron fijos en la pupilas del antecesor y esperó sonriente. De hecho tenía la misma cara absorta que tiene un crío ante el televisor mientras emiten su serie favorita.

- A ver por donde empiezo.- Dijo titubeante el anciano. Sabía perfectamente cómo pasó todo, pero su nieto no podía saber los detalles, sería demasiado duro con cinco años.- Ya sabes que tú papa era muy listo, el más listo del mundo decían.-

- Sí, eso ya me lo has contado.- El niño mantuvo el rostro de interés.

- Resulta que había gente que no creía que él fuese tan listo y no les gustó que alardease de ello.- La realidad era incluso más atractiva para un niño. Hacía cuatro años un cometa estuvo colisionó contra el planeta. No era muy grande, aunque lo suficiente, como para hacer un amago de extinción. Lo que pasó entonces es que los pocos cerebros que quedaban, en un mundo sobrepoblado y decadente, tuvieron la genial idea de instalar un gato japonés gigante en la luna. Decían los iluminados que el maneki neko golpearía con su brazo oscilante el cometa, como si de una bola de baseball se tratase. El padre del niño, era listo, quizás el único hombre con dos dedos de frente en todo el planeta, y anunció a toda la sociedad que no funcionaría. Mostró innumerables pruebas, el brazo era débil, la luna tenía su rotación propia y el cometa no era un absurda pelota cubierta de cuero. Todos los “científicos” involucrados en el plan maneki neko le tacharon de agorero. No se propusieron analizar los datos, sencillamente instaron a las autoridades a mandar todas las naves a construir un gato gigante y dorado, con el brazo ondulante, en la luna. Todos los esfuerzos de un planeta de diez mil millones de habitantes centrados en el mayor absurdo de la historia humana. Todos estaban convencidos del éxito de la misión, las infografías mostraban, claramente en los televisores, como el gato de la luna salvaba el planeta. Hasta sacaron en los meses anteriores series animadas, muñecos de acción y líneas de ropa. Todo el mundo giraba en torno al funesto felino. De hecho fue lo más normal en un  mundo dominado por la molicie, la permisividad y la brutalidad exaltadas de aquellos días. Por supuesto, el padre del niño realizó sus propias infografías, en base a los datos que obtuvo en los estudios, e intento mostrarlas. En esas imágenes el gato era golpeado en la cabeza y caía sobre el satélite desviando apenas unos milímetros el cometa. Desviándolo lo suficiente, como para que este se dirigiese al mar. Luego maremotos, un invierno nuclear y cientos de años hasta un correcta habitabilidad.

- ¿Abuelo? ¿Qué te pasa?- Dio el niño ante le silencio sepulcral del viejo. Al oír la voz del pequeño el viejo volvió de repente a la sombra del árbol y dejó a un lado la cadena de circunstancias que llevaron a su familia a la práctica destrucción.

- ¿Por dónde iba? Ah , sí. Tu padre era muy listo y predijo que una cosa fallaría.- En ese instante la predicción, que había visto en su salón tantas veces, volvió a su cabeza con la forma del recuerdo de la realidad que resultó ser. En la televisión emitían en directo el supuesto momento glorioso, en le que el gato debía golpear la ropa, pero aquello no fue lo que pasó. La gran piedra se precipitó contra el felino y le arrancó una oreja llevándosela consigo hasta la tierra. Al mismo tiempo el pesa cuerpo dorado del Maneki Neko caía sobre la superficie lunar levantando una polvareda que se pudo ver desde la tierra. Ese fenómeno fue denominado la cortina de la caja de Arena. El cometa siguió su camino e impactó contra le océano Atlático, ambas costas fueron arrasadas antes de que se diese la voz de alarma.- Al final tu padre tuvo razón y la gente se enfadó con él porque creían que lo había provocado. Decían que era un gafe.- El abuelo levantó la mano derecha y se frotó los ojos con fuerza, intentando evitar que le niño viese las lágrimas que se le escapaban.

- Pero él no tenía la culpa.- Dijo el niño con cara incrédula y dubitativa.

- Eso no tiene nada que ver.- Por primera vez el abuelo pensó en cómo contarle al niño los hechos y dejó a un lado los matices.- La gente estaba muy enfadada, habían perdido mucho y necesitaban desahogarse, no es que fuesen malos, es que no sabían lo que hacían.- Un gran vacío embargó al anciano cuando recordó como enfrente de su antigua casa ejecutaron a toda su familia. El había ido con le crío por comida aquel día y llegó justo cuando metían a su familia en sacos. Se quedó entre la muchedumbre que gritaba, caló la gorra y subió el cuello de la camisa y observó con detenimiento. Después de introducirlos en sacos los ataron con cuerdas a unos coches y arrancaron los vehículos. Forzaron las máquinas y los cuerpos dieron golpes por el asfalto, de vez en cuando giraban de manera brusca y la inercia provocaba que los sacos chocasen contra las paredes. La sangre brotó de las telas cerradas y el asfalto se fue llenando hasta que finalmente al cabo de unas horas, cuando ya no quedaba gasolina en los coches pararon. – Al final se llevaron a tus padre y a la abuela a un sitio del que no podrán volver jamás. Cuando se iban la gente les gritaba: Esa es la suerte de un gato.- El abuelo dejó las manos del niño y se levantó.- Ahora vámonos la tormenta ya debe estar muy cerca.-

- El pescadero quería entonces recordarme que no tengo papas ni abuela porque se los llevaron, porque papa era listo y porque todo el mundo era tonto.- Preguntó el niño con ingenuidad supina.

El anciano se incorporó al camino, hizo una seña con la mano al niño y decidió abandonar las palabras blandas y el trato amable que. años atrás. había llevado al planeta a creer en un gato. con un brazo pendulante. como salvador y dijo.- No hijo, no. Es que el pescadero es un cabrón.- Se sintió bien por primera vez desde que había comenzado aquella sucesión de recuerdos y sonrió feliz cogiendo la mano del niño y andando por le camino polvoriento.

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Terapaia

- Hola, doctor Sánchez.- Saluda el hombre de pelo cano. Es joven pero su cabeza está poblada de pelo blanco, incluso algunos de los de la barba rala están clareando.

- Encantado. Señor… -  Un médico que no va vestido como tal examina su libre subiendo sus anteojos para leer bien.- Gámez.-

- Verá es la primera vez que vento a un psiquiatra. Así que no se que hacer exactamente.-  Dije le hombre cano. Su cara está levemente bronceada pero, por el cuello de su camisa asuma una piel clara, casi translúcida. Parece que lleve años sin ver la luz del sol a cuerpo descubierto. Sus manos se mueven nerviosamente de un lado a otro, como si estuviese indicando el lugar donde se encuentra la salida en caso de que el despacho se estrelle.

- Túmbese en el diván y hable, yo tomaré notas y le haré preguntas durante la sesión, al final hablaremos y veremos si es necesaria una nueva visita.- El médico se sienta en un sillón oreje contigua a la cabecera del diván. Lleva mocasines marrones, calcetines llenos de bolitas, un pantalón gris con un cinturón de cuero agrietado y una camisa a cuadros de mangas cortas y dos tallas mas grande. Se podría decir que toda la ropa le viniese grande. Como si un día se hubiese despertado con dos tallas menos y no se haya percatado.

- Ya, pero algo tendré que hacer. Quiero decir habrá temas que usted no quiera escuchar.- El hombre se de la vuelta en el diván y apoya los brazos sobre el cabecero. Mira la doctor y espera una respuesta.

- Túmbese correctamente y cuente lo que quiera. Es importante que esté relajo.- El doctor Sánchez de una palmadita en el brazo de Fabián Gamez, y cruza las piernas. A continuación pasa una página de la libreta y prueba el bolígrafo garabateando el nombre de su paciente.

- Verá es que en realidad no sé muy bien porque he venido.- Fabián se hunde el diván y deja todos los miembros relajados.- Simplemente llevo tiempo sintiéndome único.- Para en seco al escuchar sus palabras y mira de reojo al lugar donde se ubica el psiquiatra.

- Prosiga.- Dice el doctor mirando al fondo de la habitación. En la libreta sólo está el garabato.

- Verá la gente, no puedo conectar con ellos. Siento que vivo en un mundo paralelo. No encuentro demasiado sentido a lo que hacen ni al cómo.- El hombre de pelo cano baja la mirada y respira hondo.- Les veo, observo a todo el mundo y no puedo dejar de pensar en cómo lo hacen. ¿comprende lo que le quiero decir?- Esta vez no mueve la cabeza simplemente deja la estancia en silencio y espera.

- Continúe hablando, no se preocupe por mí, simplemente diga lo que tiene que decir.- El doctor apunta varias palabras y espera devolviendo el silencio al señor Gamez.

- Sé, que en realidad hago lo mismo que todo el mundo, voy al trabajo, interactúo, incluso a veces quedo para tomar cervezas con los compañeros. Pero ni aún así comprendo muy bien cómo y porqué hacen las cosas que hacen. – Fabián gira ambas manos en forma de cuenco a los lados intentando mostrar una obviedad.

- Pero usted hace lo mismo que todas esas personas. Por lo menos dice eso. Así que: ¿Dígame no es un igual?- El médico flacucho le da la vuelta a la libreta y pinta un interrogante al lado de un símbolo de igualdad.

- Lo que pasa es que nada de eso me llena. Simplemente lo hago porque es lo que debería hacer. Creo que es lo que llevo haciendo toda mi vida.- La cara morena se revuelve en el diván intentando volverse. Pero antes de que pueda girar una voz le interrumpe.

- ¿Desde cuándo le pasa eso que me dice?.- Dice el psiquiatra que garabatea algo ininteligible.

- Creo que desde que fui consciente de manera real de lo distinto que era todo el mundo. No sé muy bien como explicarlo.- Fabián cierra los ojos e intenta recordar el momento exacto. Él no lo sabe pero ese momento ha sido deformado por el tiempo y un falso recuerdo lo ha sustituido. En el ve como asiste impertérrito a una boda. Mientras la gente de su alrededor desprende dolor el simplemente piensa en su comida favorita. El recuerdo real, que aun habita en su cerebro es le de un entierro, no es tampoco real, pues es de un sueño en el que es enterrado.

- ¿De que forma son distintos?- Dice el doctor que anota el largo lapso de tiempo que pasó Fabián recordando en silencio.

- Parecen conectados. Cómo si hablasen un lenguaje particular y único. No comprendo a nadie. Sienten las cosas de forma diferente, de forma sincera.- Estira los pies en el diván y voltea la cabeza levemente.

- ¿Entonces usted cree que el resto de la gente es distinta porque no actúan?- Pregunta el doctor mientras pasa una nueva página.

- No sé si actúan, pero sé que yo actúo.- Fabián entrelaza los dedos morenos y velludos y piensa un instante.- Puede que actúan, pero quizás lo hagan mejor que yo. En ese caso hay una forma especial de actuar que desconozco y el resto del mundo sí la conoce.

- ¿Y cómo actúa usted? Quiero decir, qué en base a que método interactúa con las demás personas.- El doctor garabatea la palabra víctima y espera mirando la cabecera del diván. El resto de la habitación permanece más en penumbras que iluminada, en parte por las escasas bombillas y en parte por las estanterías apelotonadas y oscuras.

- Simplemente imito al a gente. Me fijo que hacen en ese momento y hago lo mismo que ellos.- Gamez separa la manos y hecha un hondo suspiro.

- ¿Esa mecánica no le servirá siempre verdad?- Sánchez se atusa el pelo con la mano del bolígrafo y espera pacientemente.

- ¿Cómo lo sabe?-  Pregunta Fabián girándose por completo, en su cara la incredulidad es patente.

- Limítese a contestar.- Dice el doctor que vuelve a darle un toque en el brazo para que vuelva a tumbarse.

- Si e de ser sincero no siempre ha funcionado, pero con los años he aprendido a saber que esperan en cada situación.-

- Explíquese.- Dice el médico volviendo su mirada la fondo de la habitación. Por su cabeza nada de aquella situación está sucediendo, ya que recuerda vividamente a la prostituta con la que mantuvo relaciones la noche anterior.

- Pues si alguien está triste necesita ser anima. Lo he visto muchas veces. Y hay muchas formas de hacerlo, pero no siempre elijo la correcta. Es como si hubiesen demasiadas variedades de sentimientos y no fuese capaz de entenderlas todas.- Fabián se rasca una mejilla y piensa en los llantos ajenos que ha presenciado durante su vida. Ninguno de ellos le han importado lo más mínimo, más bien le molestaban. Le molesta el hecho de tener que cambiar su forma de actuar, cambiar la forma en la que suceden las cosas. Le frustra en realidad no ser capaz de empalizar con ningún humano.

- Casi nadie puede entender todos los sentimientos de los que les rodean. Sólo las personas que se conocen profundamente pueden. Así que, cómo se siente respecto a ello.- Por la mente del Psiquiatra pasa de refilón el olor del pelo moreno y rizado de la prostituta brasileña. No lo perciba pero el pensamiento ha hecho que sus pupilas se dilaten más, y un leve flujo de sangre a hecho crecer su pene.

- No me siento especialmente mal. Lo que pasa es que me hace preguntarme constantemente acerca de esas personas.- La mentira ha sido lanzada, tal y como el quiere, sabe que decir que odia sentirse así y a las personas que le hacen sentirse de ese modo es políticamente incorrecto. Fabián sabe en este momento como actuar para no parecer alterado.

- Pero, ¿cómo se siente al estar cuestionándose constantemente?- Sánchez aún en su ensoñación erótica ha percibido algo en la contestación de el señor Gamez. En realidad ha notada que no ha dicho nada. En su libreta apunta la palabra sentir, la palabra actuar y las une con una flecha.

- No me siento mal, quiero decir que no es cómodo, pero tampoco un suplicio.- Fabián comienza a ponerse nervioso, sabe que si el psiquiatra sigue hostigándole dirá algo de lo que se arrepentirá. Fallará en su actuación y no puede permitírselo.

- ¿Cómo definiría la incomodidad que siente?.- Pregunta el doctor Sánchez, subraya varias veces la palabras unidas por la flecha.

- Es como un vacío.- Fabián se siente contento. La palabra vacío, es algo que suele definir demasiadas cosas, la ha escuchado multitud de veces en numerosas bocas, la última vez de labios de su mujer cuando le definía su matrimonio.

- Un vacío es la sensación de falta, y necesita ser llenado siempre. Aunque también es a veces la ausencia de problemas, depende de la perspectiva. ¿Entiende lo que le quiero decir?- En la cabeza del psiquiatra una botella de Coca-cola sin líquido se enfrenta en un combate de importancia con un tonel de residuos radiactivos sin residuo alguno.- ¿Diría que se s vacío puede ser más beneficioso o pernicioso?- El médico mira de reojo el reloj de pulsera y sonríe.

- Depende del momento. A veces creo que es una bendición no sentir eso que lleva a todo el mundo a llorar o cosas peores, pero otras creo que lo que me pierdo es más importante que el dolor.

- Ya hemos llegado a la hora. Ahora permítame que le cuente un par de cosas importantes.- El doctor se levanta y da un par de vueltas por la habitación y comienza a hablar mirando por la ventana.- Usted, señor Gamez no es ajeno. Le gusta pensarlo, por que así se aísla de las cosas nocivas, digamos que en algún momento se produjo una disonancia cognoscitiva muy grande en su psique, quizás cuando comenzó a actuar de esa forma, cuando maduro como ha dicho. Lo que creo es que es necesario ahondar en ese episodio para resolver su forma de comunicarse con el mundo.- Sánchez mira de nuevo el reloj y decide terminar. No es que le importe o no Fabián es que directamente no entra en el plan de su tiempo restante. – Verá me ha mentido en varias ocasiones, porque sabe que en realidad usted no quería que yo escuchase lo que pensaba. Eso no es un problema, es más diría que es parte de la solución. Eso que usted llama actuar es de hecho hipocresía y todo el mundo lo practica. Como bien explicó antes hay que gente que parece hacerlo mejor, pero en realido todo es cuestión de práctica y genes. Bueno, si desea una cita hable con mi secretaria, de todas formas es a ella a quién debe abonar el dinero de la sesión.- Deja una mano señalando la puerta y ni siquiera se digan a en darse la vuelta. Cuando la puerta se cierra se sienta en el diván. De hecho se tumba y piensa profundamente en nada durante le tiempo que desea. Bloquea cualquier pensamiento hasta quedarse sostenido solamente por el bulbo raquídeo. Pasan dos horas y vuelve en sí. Mira la habitación, de reojo, más oscura que antes debido a que entra menos claridad del exterior. Se levanta y recoge la libreta, repasa las notas y se dirige a un escritorio que hay en la esquina opuesta a la puerta. Se sienta en un sillón, abre un cajón y tira la libreta. Por su cabeza desfilan cada uno de los clientes que ha tenido. En realidad para el no son más que clientes. Se siente como su prostituta brasileña, aportando consuelo  a cambio de dinero, la única diferencia es que él tiene un título. Tras repasar todos los casos piensa que hay demasiados fracasados  e inútiles en la ciudad. Esa suma de desechos es la que le hacen reaccionar. Sabe que necesitaba decidirse y después de mucho tiempo lo ha hecho. Enciende la lámpara de la mesa y coge de nuevo la libreta, se equivoca en primer término, pues el cajón está lleno de cuadernitos. Finalmente escoge la correcta y la vuelve a leer, Apunta al final la palabra narcisista, luego la tacha y escribe egocéntrico. Esa palabra va dirigida a sí mismo, es consciente de su megalomanía, pero sabe que a su edad no es algo que puede ni desee cambiar. Tira la libreta a la papelera para luego coge todos y realizar la misma acción, parece un robot que monta un parachoques en la cadena de Henrry, es un autómata, porque entiende que cuando termine de limpiar tendrá que seguir con el siguiente paso.

Al acabar descuelga un viejo teléfono negro de góndola y marca con paciencia todos los números, la cada dígito tiene que esperar que la rueda recupere su posición. Al resto de lo mortales podría enervarles tanta complicación, pero al doctor, en medicina psiquiatrita Sánchez, eso no le importa porque se acaba de jubilar, tiene todo el tiempo del mundo y menos peso sobre sus hombros.

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