Tempus fugit, entre los dedos de mi mano.

Robustas ondas de tiempo consolidado
convirtiendo en óxido todo a su paso.
Rebotando y cargando de vuelta
vestigios de instantes pasados,
que revelan el auténtico esplendor.
Ondas que traen momentos,
días sin metal enrojecido,
sin herrumbre de cobre verde,
ni sulfatos de color leche.
Todos los segundos reunidos
presente pasado y futuro.
Todos a lomos de las ondas
que no comprenden de tiempo
y solamente lo transportan.
Y nosotros, barcos varados
sólo podemos fantasear
con cómo sería la piedra
que impactó en la espiral.
La que antes de que estuviéramos,
y después que nos hayamos oxidado,
estaba y seguirá contando segundos.

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Feliz Solsticio

Maldita tenia sorprendente
Sin quererlo y de repente
Te has hecho muy presente,
quizás incluso persistente
Pasaste de mero objeto
a un extraño sujeto.
Con la estereofónica velocidad de un animal
la voracidad perpetua de chacal con su tenia,
y la sutil locura de una liebre de marzo.
Mutando las palabras cual semiologo.
Cambiando desayuno y su significado,
transformando amanecer en sinestesia.
y poniendo un ola k’ase en el buenos días.
De puntos recolectora
por la falda roja,
Herman hesse
y Eduard punsset.

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Despliegue oxímoron

Mientras se pierde tu icono

entre los granos del tiempo

me flagelo con tus defectos.

Tu andar de pato con tacones

rogando al suelo un ósculo.

Funambulesca doblada

sondeando por torceduras.

Allá va otro momento

por el embudo del recuerdo.

Huérfana desequilibrada.

Buscando culpables

para que expíen

los pecados de tu padre

con tu ira irracional.

Ahí va otra partícula bajando

hacia al definitivo olvido.

Tus quejas en sí sostenido

¡Tengo frío!

¡Hace calor!

¡Qué sueño!

¡No me duermo!

Mando todo es al cuerno.

Ya ni siquiera son recuerdos.

Pero sobre todo

Te odio por tu silencio.

Tu conformarte con el dolor

Postrada en todo momento.

Tu apagarte sin interruptor

dejando el mundo oscuro.

Extraviando los te quiero

hasta con tu último aliento.

Incluso la totalidad de  esto,

bendito cúmulo de defectos,

se perderá como un grano de sal

en la orilla de un distante mar.

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Historias del centro.

Dos Amor.

Del viaje que hice a Praga acompañado por mis padres, cuando tenía ocho años, sólo recuerdo dos cosas de forma clara. La primea es el estruendo incansable y omnipresente de los tranvías. El otro recuerdo es el de dos niños, no mayores de doce años. Dos pequeños que tocaban el violín de forma virtuosa. Reproducían una melodía tras otra, moviendo sus diminutos dedos a lo largo de las cuerdas mientras agitaban el arco en un frenético compás.

Uno de los niños era, de hecho, una niña. Vestía un pantalón corto que dejaba sus esqueléticas y morenas piernas al aire. Sus pies, completamente ennegrecidos por la suciedad, estaban cubiertos por unas chanclas mugrientas, tres tallas mayores y ajadas. En la parte de arriba llevaba una camiseta negra, idéntica a las que vendían en las tiendas de souvenirs, ajustada hasta el punto de insinuar levemente su prematura feminidad. Su rostro era más quemado que bronceado, apagado y casi sin luz. En cuanto a su cabello, este era gris, como las primeras canas, y un par de esos bucles cenicientos ocultaban a ratos unos ojos perfectamente verdes, dos pequeños focos que iluminaban el violín y al público de manera alterna. Sin embargo lo más hermoso era su nariz, puntiaguda y alargada, un estilete que armonizaba toda la cara, a ella, el violín, la plaza con su reloj y por un instante toda la ciudad, incluyendo sus tranvías.
Aquella niña cíngara y habilidosa causó una fuerte impresión en mí. Mis padres se percataron de mi fascinación y me dieron unas monedas. La gente las arrojaba a un sobrero, pero yo estaba paralizado, mirando asombrado desde un lateral. Tras unos instantes mis padres me dieron varios empujones y me acerqué timorato. Penetré en el amplio círculo de público con la mirada fija en la niña, obviando a su hermano y en cierto modo conteniendo la respiración. Al llegar al sombrero arrojé las monedas con vergüenza infantil y un enloquecido pudor. Luego alcé la vista y vi la sonrisa que salía bajo los ojos verdes. Duró un segundo, dedicó un segundo de su tiempo a mi gesto y continuó agitando el arco y los dedos. En aquel exacto momento se produjeron mi primer y mi segundo amor, me enamore de la niña y de la música que tocaba.

Intentado mantener, aunque fuese, uno de esos amores vivos estuve veinte años en el conservatorio de mi ciudad. Veinte años tras los cuales no he conseguido ni la mitad del genio de aquellos niños, pero sí parte de su vida. Ya que me encuentro viajando de vuelta Praga, de estación en estación tocando para pagar el siguiente billete de tren, deseando volver a ver a mi primer amor.

Al tenor de las circunstancias.

Carmen, tenía un nombre y con el un destino. Su padre la llamó así por la ópera y porque a su vez significa canción. Durante toda la infancia de Carmen fue a ver, o más bien escuchar las obras de Verdi, Puccini o Bizet. Algo le quemaba por dentro y poco a poco fue modulando su voz en secreto, en el baño, en el metro, o en la soledad de su cuarto. Soñaba con levantar los vítores de público de la Ópera de Viena. A muy temprana edad su padre descubrió su afición, acto seguido invirtió todos sus ahorros en profesores de canto, los mejores. Uno a uno fueron enseñando a la joven a cantar. Ella dejó todo lo demás de lado, no podía señalar casi ningún país en el mapa, pero era capaz de destrozar una copa a treinta metros de distancia, una vez incluso hizo saltar las alarmas de los coches de su calle.

Y de forma irremisible cuando tuvo suficiente edad llegaron las audiciones. Consiguió puestos secundarios en numerosas ocasiones. Su vida cambio en aquel momento, se convirtió en la soprano más prometedora, y sin darse cuenta llegó el momento del papel protagonista. Carmen interpretó a su homónima en la Casa de la Ópera de Viena y su sueño se cumplió tal cual. Ella era el espejo de la española, su alma escribió el crítico que más tarde sería su pareja. Cosechó tanto éxito con la ópera de Bizet que durante tres años no cantó otra cosa, visitó los mejores recintos y recibió vítores allá donde su voz resonó. Después volvió a su hogar a Viena para el estreno de su siguiente papel. Pero fue un fracaso absoluto, perdida o ahogada fueron algunos de los juicios que le hicieron. De la noche a la mañana acabó cantando en espectáculos para turistas, lo más bajo de la profesión, aunque espléndidamente bien pagado. Su vida se tranquilizó y olvidó que tuviese un sueño o que se hubiese cumplido. Una vez, su pareja fue a verla y escribió una crítica tan dura que ella lo echó de su casa. Desde ese momento la dejadez se instaló en su vida, de la plaza de Beethoven a su piso y viceversa. Al acabar cada día huía sin despedirse de sus compañeros, temerosa y avergonzada. Pero esta noche en el momento que interpretaba el aria de Papagino su voz se secó por unos segundos. Durante esos instantes observó como todo el elenco de turistas estaban más preocupados por hacerle una foto o hablar con la persona del asiento contiguo. En realidad se vio a sí misma, como su pareja la había descrito: Una vieja gloria prostituida. Terminó la actuación y como todas las noches salió corriendo. De camino al metro, bajo un árbol, una pareja andaba comentando la actuación. Y Carmen oyó como la chica le decía a su acompañante: Vaya inútil se ha quedado muda, no vale ni los veinte euros que nos ha costado. Carmen agachó la cabeza, entró en la estación, se colocó al principio del andén y esperó a que llegase el tren, esperó para saltar.

Recortes del Estado.

Trabajo bajo tierra, a la orilla del Danubio, en la parte de Buda de Budapest. Mi trabajo no me disgusta en absoluto, consiste en reponer el agua caliente y el té en el área de descanso de las “catacumbas”. Como en todo el país el exceso de personas para hacer el mismo trabajo es patente, podemos ser veintidós personas en los subterráneos, cuando con cinco hasta sobraría alguno. Pese ser capitalistas Hungría sigue estancada en el comunismo.
Sin embargo esta noche habrá un sueldo menos que pagar. Dentro de los túneles hay pozos, profundos, insondables y oscuros. Son adecuados, sólo basta con retirar la reja que impide que los estúpidos turistas caigan y emular a algún compañero despistado, de esta forma ya llevo tres, de los cinco, pozos rellenos. Lo bueno de este exceso de mano de obra funcionaria es que al ser un sueldo menos nadie se preocupa. Quizás los familiares o los caseros de sus pragmáticos pisos, pero al cavo del tiempo les dan por fugados. Emigrantes como los del telón que buscan fuera algo mejor. Lo que nadie sabe es que están dentro de la roca, de la propia capital y de las corrientes subterráneas del Danubio.

Shelob from Viena.

ELLA, la araña de Viena, tiene magníficas vistas gracias a Francisco José. Vive en una tela grande y hermosa situada en una cornisa del museo de historia natural y, gracias a ello, casi siempre tiene avispas de cenar. ELLA heredó gran parte de su tela de su madre, y esta de su abuela. Sus hermanas, arañas de Viena, se fueron o murieron, porque ser araña en Viena, pese a tener comida asegurada, es muy peligroso. ELLA cree que la experiencia y el sentido arácnido son vitales. Su primer hermano murió por una avispa, comenzó a envolverla y se dejó el aguijón. ELLA directamente corta esas mortales agujitas para desecharlas después. Otros, muchos de sus hermanos, sucumbieron por los pájaros y es que sobrevivir a cuervos, palomas, gorriones y demás aves es complicado.
Ahora ELLA, la araña de Viena, espera a sus pequeñas. Una babosa despistada pasó cerca y se quedó como incubadora. La tela está cubierta de avispas sin aguijón, listas para la nueva camada, además de moscas secas y algún saltamontes ya mordisqueado. ELLA ahora que se acerca su fin sólo desea compartir su tela, como cuando era pequeña y la exploraba con sus hermanos.

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Licuado

En el sueño todo lo sólido y lo gaseoso fluía de un lado a otro, como una marea constante. Los objetos se fundían y daban a luz nuevas formas. El tiempo pasaba desde muy antiguo hasta el presente y seguía avanzando. El mundo se reconstruía en agua una y otra vez. Torres de millones de hectómetros cúbicos se erguían para caer instantes después. La gente, con pasos ondulantes, se encaminaban por miles de caminos, igual que un río constante. Todos fluyendo como una única masa que se filtra en cada grieta de la montaña. Un sistema circulatorio tan viejo como el mismo mundo construido a la perfección. Desde las grandes arterias hasta el más nimio capilar. A veces un sobresalto se llevaba por delante zonas enteras que quedaban desiertas, secas y yermas, pero a la siguiente milésima todo se renovaba, de igual forma que un campo reverdece en primavera, y el agua inundaba de nuevo el lugar. A lo largo de ese espectáculo de parque de atracciones en algunas ocasiones aparecían gotas, o líquidos distintos. Siempre al mismo tiempo, siempre surcando caminos parecidos hasta encontrarse, fundiéndose en gotas únicas de mercurio vibrante. Gotas que explotaban por casualidad, volatilizándose sin dejar rastro, dejando vacío el espacio. A esas gotas de mercurio no las sustituía nada. Aparecían al tiempo, al transcurrir mucho tiempo otras gotas similares, pero con matices diferentes. Surgían, seguían el mismo destino de las anteriores y así a lo largo de todo el sueño. Pude contar seis o a lo sumo siete de esas gotas venusianas. La última fue distinta, al explotar se quedó un trozo allí. Inerte, golpeado por el vertiginoso torrente de agua que era el mundo fluyendo. Permaneció en movimiento, sólida frente al resto de líquidos que viajaban por sus alrededores. Y como todo sólido se fue erosionando, dejando trozos de sí en cada roce hasta desaparecer.

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Archivado bajo Demiurgo.

3600 latidos por minuto.

3600 latidos por minuto.

Cuando el sol imaginario golpea mi ventana,

arrancándome bruscamente las sábanas,

arrojándome de un golpe fuera de la cama.

3600 latidos por minuto.

Llenándome de hormonas

de nombres desquiciados.

Expandiendo el negro

en mis paralelas pupilas.

3600 latidos por minuto.

Atravesando mi cerebro.

Zigzagueando

de recuerdo a sueño,

igual que un rayo

entre los trozos de cielo.

3600 latidos por minuto.

Para ver sin ver la imagen

De un esplendido amanecer.

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Melón

Dulce melón,
como los labios temerosos
o los que exudan su jugo.

Fresco melón,
como el sutil aroma a cuello
o el perfume de los senos.
Verde melón,
como las estrellas de posición,
o las lágrimas de incomprensión.

Duro y blando melón.
unas veces férreo
y otras terso.

Oh Dulce melón
Jodidamente dulce y lindo melón.

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Archivado bajo Personal, Verso