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Licuado

En el sueño todo lo sólido y lo gaseoso fluía de un lado a otro, como una marea constante. Los objetos se fundían y daban a luz nuevas formas. El tiempo pasaba desde muy antiguo hasta el presente y seguía avanzando. El mundo se reconstruía en agua una y otra vez. Torres de millones de hectómetros cúbicos se erguían para caer instantes después. La gente, con pasos ondulantes, se encaminaban por miles de caminos, igual que un río constante. Todos fluyendo como una única masa que se filtra en cada grieta de la montaña. Un sistema circulatorio tan viejo como el mismo mundo construido a la perfección. Desde las grandes arterias hasta el más nimio capilar. A veces un sobresalto se llevaba por delante zonas enteras que quedaban desiertas, secas y yermas, pero a la siguiente milésima todo se renovaba, de igual forma que un campo reverdece en primavera, y el agua inundaba de nuevo el lugar. A lo largo de ese espectáculo de parque de atracciones en algunas ocasiones aparecían gotas, o líquidos distintos. Siempre al mismo tiempo, siempre surcando caminos parecidos hasta encontrarse, fundiéndose en gotas únicas de mercurio vibrante. Gotas que explotaban por casualidad, volatilizándose sin dejar rastro, dejando vacío el espacio. A esas gotas de mercurio no las sustituía nada. Aparecían al tiempo, al transcurrir mucho tiempo otras gotas similares, pero con matices diferentes. Surgían, seguían el mismo destino de las anteriores y así a lo largo de todo el sueño. Pude contar seis o a lo sumo siete de esas gotas venusianas. La última fue distinta, al explotar se quedó un trozo allí. Inerte, golpeado por el vertiginoso torrente de agua que era el mundo fluyendo. Permaneció en movimiento, sólida frente al resto de líquidos que viajaban por sus alrededores. Y como todo sólido se fue erosionando, dejando trozos de sí en cada roce hasta desaparecer.

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