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Historias del centro.

Dos Amor.

Del viaje que hice a Praga acompañado por mis padres, cuando tenía ocho años, sólo recuerdo dos cosas de forma clara. La primea es el estruendo incansable y omnipresente de los tranvías. El otro recuerdo es el de dos niños, no mayores de doce años. Dos pequeños que tocaban el violín de forma virtuosa. Reproducían una melodía tras otra, moviendo sus diminutos dedos a lo largo de las cuerdas mientras agitaban el arco en un frenético compás.

Uno de los niños era, de hecho, una niña. Vestía un pantalón corto que dejaba sus esqueléticas y morenas piernas al aire. Sus pies, completamente ennegrecidos por la suciedad, estaban cubiertos por unas chanclas mugrientas, tres tallas mayores y ajadas. En la parte de arriba llevaba una camiseta negra, idéntica a las que vendían en las tiendas de souvenirs, ajustada hasta el punto de insinuar levemente su prematura feminidad. Su rostro era más quemado que bronceado, apagado y casi sin luz. En cuanto a su cabello, este era gris, como las primeras canas, y un par de esos bucles cenicientos ocultaban a ratos unos ojos perfectamente verdes, dos pequeños focos que iluminaban el violín y al público de manera alterna. Sin embargo lo más hermoso era su nariz, puntiaguda y alargada, un estilete que armonizaba toda la cara, a ella, el violín, la plaza con su reloj y por un instante toda la ciudad, incluyendo sus tranvías.
Aquella niña cíngara y habilidosa causó una fuerte impresión en mí. Mis padres se percataron de mi fascinación y me dieron unas monedas. La gente las arrojaba a un sobrero, pero yo estaba paralizado, mirando asombrado desde un lateral. Tras unos instantes mis padres me dieron varios empujones y me acerqué timorato. Penetré en el amplio círculo de público con la mirada fija en la niña, obviando a su hermano y en cierto modo conteniendo la respiración. Al llegar al sombrero arrojé las monedas con vergüenza infantil y un enloquecido pudor. Luego alcé la vista y vi la sonrisa que salía bajo los ojos verdes. Duró un segundo, dedicó un segundo de su tiempo a mi gesto y continuó agitando el arco y los dedos. En aquel exacto momento se produjeron mi primer y mi segundo amor, me enamore de la niña y de la música que tocaba.

Intentado mantener, aunque fuese, uno de esos amores vivos estuve veinte años en el conservatorio de mi ciudad. Veinte años tras los cuales no he conseguido ni la mitad del genio de aquellos niños, pero sí parte de su vida. Ya que me encuentro viajando de vuelta Praga, de estación en estación tocando para pagar el siguiente billete de tren, deseando volver a ver a mi primer amor.

Al tenor de las circunstancias.

Carmen, tenía un nombre y con el un destino. Su padre la llamó así por la ópera y porque a su vez significa canción. Durante toda la infancia de Carmen fue a ver, o más bien escuchar las obras de Verdi, Puccini o Bizet. Algo le quemaba por dentro y poco a poco fue modulando su voz en secreto, en el baño, en el metro, o en la soledad de su cuarto. Soñaba con levantar los vítores de público de la Ópera de Viena. A muy temprana edad su padre descubrió su afición, acto seguido invirtió todos sus ahorros en profesores de canto, los mejores. Uno a uno fueron enseñando a la joven a cantar. Ella dejó todo lo demás de lado, no podía señalar casi ningún país en el mapa, pero era capaz de destrozar una copa a treinta metros de distancia, una vez incluso hizo saltar las alarmas de los coches de su calle.

Y de forma irremisible cuando tuvo suficiente edad llegaron las audiciones. Consiguió puestos secundarios en numerosas ocasiones. Su vida cambio en aquel momento, se convirtió en la soprano más prometedora, y sin darse cuenta llegó el momento del papel protagonista. Carmen interpretó a su homónima en la Casa de la Ópera de Viena y su sueño se cumplió tal cual. Ella era el espejo de la española, su alma escribió el crítico que más tarde sería su pareja. Cosechó tanto éxito con la ópera de Bizet que durante tres años no cantó otra cosa, visitó los mejores recintos y recibió vítores allá donde su voz resonó. Después volvió a su hogar a Viena para el estreno de su siguiente papel. Pero fue un fracaso absoluto, perdida o ahogada fueron algunos de los juicios que le hicieron. De la noche a la mañana acabó cantando en espectáculos para turistas, lo más bajo de la profesión, aunque espléndidamente bien pagado. Su vida se tranquilizó y olvidó que tuviese un sueño o que se hubiese cumplido. Una vez, su pareja fue a verla y escribió una crítica tan dura que ella lo echó de su casa. Desde ese momento la dejadez se instaló en su vida, de la plaza de Beethoven a su piso y viceversa. Al acabar cada día huía sin despedirse de sus compañeros, temerosa y avergonzada. Pero esta noche en el momento que interpretaba el aria de Papagino su voz se secó por unos segundos. Durante esos instantes observó como todo el elenco de turistas estaban más preocupados por hacerle una foto o hablar con la persona del asiento contiguo. En realidad se vio a sí misma, como su pareja la había descrito: Una vieja gloria prostituida. Terminó la actuación y como todas las noches salió corriendo. De camino al metro, bajo un árbol, una pareja andaba comentando la actuación. Y Carmen oyó como la chica le decía a su acompañante: Vaya inútil se ha quedado muda, no vale ni los veinte euros que nos ha costado. Carmen agachó la cabeza, entró en la estación, se colocó al principio del andén y esperó a que llegase el tren, esperó para saltar.

Recortes del Estado.

Trabajo bajo tierra, a la orilla del Danubio, en la parte de Buda de Budapest. Mi trabajo no me disgusta en absoluto, consiste en reponer el agua caliente y el té en el área de descanso de las “catacumbas”. Como en todo el país el exceso de personas para hacer el mismo trabajo es patente, podemos ser veintidós personas en los subterráneos, cuando con cinco hasta sobraría alguno. Pese ser capitalistas Hungría sigue estancada en el comunismo.
Sin embargo esta noche habrá un sueldo menos que pagar. Dentro de los túneles hay pozos, profundos, insondables y oscuros. Son adecuados, sólo basta con retirar la reja que impide que los estúpidos turistas caigan y emular a algún compañero despistado, de esta forma ya llevo tres, de los cinco, pozos rellenos. Lo bueno de este exceso de mano de obra funcionaria es que al ser un sueldo menos nadie se preocupa. Quizás los familiares o los caseros de sus pragmáticos pisos, pero al cavo del tiempo les dan por fugados. Emigrantes como los del telón que buscan fuera algo mejor. Lo que nadie sabe es que están dentro de la roca, de la propia capital y de las corrientes subterráneas del Danubio.

Shelob from Viena.

ELLA, la araña de Viena, tiene magníficas vistas gracias a Francisco José. Vive en una tela grande y hermosa situada en una cornisa del museo de historia natural y, gracias a ello, casi siempre tiene avispas de cenar. ELLA heredó gran parte de su tela de su madre, y esta de su abuela. Sus hermanas, arañas de Viena, se fueron o murieron, porque ser araña en Viena, pese a tener comida asegurada, es muy peligroso. ELLA cree que la experiencia y el sentido arácnido son vitales. Su primer hermano murió por una avispa, comenzó a envolverla y se dejó el aguijón. ELLA directamente corta esas mortales agujitas para desecharlas después. Otros, muchos de sus hermanos, sucumbieron por los pájaros y es que sobrevivir a cuervos, palomas, gorriones y demás aves es complicado.
Ahora ELLA, la araña de Viena, espera a sus pequeñas. Una babosa despistada pasó cerca y se quedó como incubadora. La tela está cubierta de avispas sin aguijón, listas para la nueva camada, además de moscas secas y algún saltamontes ya mordisqueado. ELLA ahora que se acerca su fin sólo desea compartir su tela, como cuando era pequeña y la exploraba con sus hermanos.

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