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Intifada interior.

Lo que realmente quiero es inmolarme contigo.

Le dijo ella con fuego en la mirada.

Él la observó un largo rato, completamente atónito,

tras el estupor se decidió enseguida.

Se quitó la camisa con la rapidez de un jamaicano.

Ella le imitó dejando al descubierto su torso rosado.

En nada la habitación estaba llena de metralla.

Calcetines, un sostén, el pantalón del revés o las gafas,

quedaban como testigos de la destrucción en curso.

Los gritos habían desquebrajado el monótono silencio.

La guerra santa al sofá imponía su propia religión.

Creando conversos descontentos a través del hueco ladrillo.

Finalmente, para los forenses sólo quedaron dos charcos de sudor,

lejos, los yihadistas seguían explotando detrás del denso vapor.

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Tocar fondo

 

Tocar fondo con cuidado,

tocarlo estando preparado,

Es como planificar el primer beso robado,

como saltar de la torre más alta con cautela.

Se hace buscando excusas escupidas,

vestidas de melancolía.

Se repta hacia la apatía,

con parsimonia bien medida.

Centrándote en el barro reluciente que queda

tras apagar la luz de un destello lejano.

Se hace ignorando por completo el abismo.

Se hace negando con seguridad  la barandilla.

Tocar fondo con cuidado se hace de boquilla.

Porque, si no hay golpe, se llama caída.

 

Pero a cada lado de la sima siempre hay asideros,

Firmes y visibles, destinados a parar el hundimiento.

Esos que te hacen mirar hacia arriba,

ignorar la cautela al trepar de vuelta.

De regreso hacia la luz pretérita,

con renovadas expectativas.

Se hace sin pretextos infantiles.

En base a pepitas de alegría.

Se hace negando el abismo.

se hace ignorando el miedo.

Es posible tocar la cima sin cuidado.

Alcanzar el cielo sin estar preparado.

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Otra vez más.

Vuelve a pedirme que le empuje con esa voz hueca y espectral. Arrastrando cada sílaba y destrozando a su paso la poca resistencia que me queda. Llevo ya diez años en el servicio de oncología y siempre es igual. No todos mueren, no todos se salvan y algunos regresan. Los que regresan  te miran como a un viejo amigo. Yo les devuelvo la mirada con amabilidad. Qué más les podría ofrecer que amabilidad. Llevarlos los voy a llevar, es mi trabajo, y en cierto modo mi sentencia emocional.

-Llévame hasta el lavabo.- Dice el paciente que acaban de desenchufar. Juan siempre espera a llegar al retrete para vomitar. Él siempre aguanta.

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Hoy soñé. 2

Hoy soñé que olvidaba un zapato en la calle. Al volver aún estaba, pero ya no lo necesitaba y me quitaba el otro.

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El Bar de las Almas Perdidas.

Estudios recientes indican que trabajar de noche empeora la calidad de vida. Realmente no pretendía ser el camarero, de noche, del Bar de las Almas Perdidas, sólo quería un empleo en el que pudiese tener tiempo para pensar en mis cosas, y realmente,  tampoco es que tenga muchas cosas en que pensar. Como fuese, tres meses atrás mi cuñado me ofreció de forma seria el trabajo y sin mucho pensarlo acepté. Él necesitaba alguien que sirviese el aguardiente más barato. Alguien que tuviera las luces encendidas, hasta el alba, para cazar cualquier polilla hueca y rota, y que no soportase la compañía de su oscura soledad. Podría haber puesto a cualquier tirado, pero según mi hermana yo era el tirado indicado: meticuloso, responsable e igualmente hueco, podía empatizar con toda la clientela y mantener el ambiente de velorio controlado.

 

La primera noche me costó horrores el horario. Estaba acostumbrado a ser un ser normal, de desayuno, almuerzo y cena; de amanecer rosado y atardecer naranja; de buenos días, tardes y noches. El primer cliente era Juan, un tejador, de Arcos de la Frontera, que tras caerse de la azotea en una obra sin medidas de seguridad tenía lumbago crónico. Siempre iba con una camisa ajustada que marcaba la faja, un vaquero azul marino añejo y unas zapatillas Converse. No era muy alto y se movía con lentitud, asegurando cada paso, al menos tres veces, como si temiese que el suelo fuese falso.

-¿Sabes qué es lo mejor para mi lumbago?- preguntaba siempre antes de pedir un whisky.

Y las primeras veinte veces le respondí.- ¿Dígame?

-Una copa de whisky baratito y tu mejor hielo de reserva.- Respondía animado, como si su ingenio no cupiese en la sala.

Todas las noches Juan daba la salida a las doce y cinco. Puntual como el reloj cósmico de Praga, siempre dispuesto a dilapidar su invalidez en pos de un rato fuera de su salón, intuyo, polvoriento, rancio de olor y con sólo el eco de sus suspiros como respuesta a estos. Con el tiempo, ese extraño cuerpo pegado al codo que reposaba sobre la barra me contó su historia. Era un chaval feliz, con su Audi, sus amigos, su novia con la que se iba a casar y un piso, bastante apañado, que “se pagaba sólo con lo de las tejas”. Pero el día que cayó desde un cuarto piso no sólo se destrozó la espalda, por cada vertebra fracturada un trozo de su universo se disolvió. El coche y el piso fueron embargados, y sólo pudo aspirar a un alquiler barato cofinanciado por la fundación social de un banco. Su novia, acostumbrada a otro ritmo de vida, e independiente laboralmente, se separó y lo abandonó, “para buscar alguien que la completase”. Los amigos, hartos de escuchar sus quejas, fueron desapareciendo como los granos de la parte superior de en un reloj de arena. Con el tiempo, de Juan sólo quedó el DNI, y su codo anclado a las madrugadas del Bar de las Almas Perdidas.

 

En el bar siempre había extras, personas de paso, que sólo consumían un instante del ambiente más deprimente de la ciudad, estrellas fugaces que se apagaban al apurar la copa, el café o la cerveza y nunca más volvían. El bar estaba en una zona poco transitada, el por qué de esos esporádicos nunca lo entendí.

 

Sobre la una llegaba una pandilla de cuatro chavales. Ni el barman más loco les serviría alcohol y eso lo sabían a la perfección, por eso pedían solamente cafés o tés con leche. Llegaban con jolgorio y jaleo, sacaban sus barajas de cartas y empezaban a jugar partidas de brisca eternas, rentabilizando el asiento comprado con café hasta estirar la leche en átomos. Eran tres chicos: uno alto y delgado, con una perilla pretenciosa y siempre vestido como si fuese alguien, pero nadie que sea alguien estaría horas en este bar. Siempre hablaba de cosas misteriosas haciéndose el interesante y unos días sí y otros no, sus amigos le escuchaban animados. El segundo chico era horondo, mal vestido y barbudo, pese a ser otoño siempre tenía marcados los sobacos por el sudor. Este casi nunca pedía y muchas veces era invitado por el respingado presuntuoso que emitía una sonrisa de victoria. La chica era muy parecida en rasgos al chaval de la barba, llevaba grandes gafas de pasta que la hacían parecer una señora de cerca de cincuenta años y no una niña de diecinueve como mucho. Su viejo abrigo de paño gris tampoco ayudaba a mejorar la imagen. Esta era más callada, suspicaz y cínica, casi siempre discutía con el primer chaval por las tontería que este contaba. Le gustaba decir que “hay que poner en cuarentena todo lo que dices” y a continuación soltaba una risotada socarrona. El último del grupo era un chaval de pelo largo, grunge por dejadez y con la mirada perdida. Casi siempre ganaba a las cartas y se excitaba mucho con el juego, tanto que parecía tomárselo en serio. <<Tomarse en serio una partida de cartas. ¡Vaya gilipollez!>> Aparte de excitarle las cartas también se estimulaba cuando entraba María. Aspiraba abriendo las aletas para inundar sus pulmones de…

… Bueno, María portaba un aroma especial a marisco pasado como estandarte. Una atmosfera que no dejaba a nadie indiferente. Tan espesa y densa que parecía que fuesen dos mujeres juntas. La mujer era obesa, tenía casi sesenta años. Minifaldas y camisas de satén, sumamente ceñidas, marcaban sus muslos y pechos. Pero ni con esos argumentos conseguía alejar la imagen de haber sufrido más derrotas que batallas en su vida. María, en definitiva, era una prostituta con la que nadie cabal tendría relaciones sexuales ni aunque fuese la última mujer del planeta. Pero para muchos era la única mujer en el planeta y lo único es valioso. Siempre traía los clientes al bar, nunca a su casa, porque “quiero un poco de intimidad y que no me acosen”, decía. Entraba silenciosa en el único baño e hiciese lo que hiciese allí jamás nadie se enteraba. Los hombres salían felices, ella un poco menos ella, cansada, ahogada y sudorosa; con el excesivo maquillaje corrido y los ojos rojos. Se acercaba a tumbos a la barra y pedía ginebra sola.

-¿Sabes que es el desayuno preferido de la reina de Inglaterra?- preguntaba muchos días.- Soy un poco noble, ¿verdad?- Concluía.

-Tienes algo.-  contestaba Juan tras su vaso semivacío, con la sonrisa y confianza que dan el alcohol y el saberse el material menos defectuoso de los dos.

Por lo general seguían hablando unas horas, Dios sabe de qué. Interrumpidos esporádicamente por llamadas al móvil de maría para recoger a un nuevo cliente y traerlo a la caverna de ROCA sucia.

 

Yo apenas prestaba atención, con asentir y servir me bastaba y sobraba. Pasada toda la noche viendo las eternas reposiciones del telediario en el canal 24 horas. Aunque siempre sobre las cuatro y cuarto reponían la sección económica, que tenía la entradilla de Money de Pink Floyd. Aquel era el mejor momento de cada noche, subía el volumen del televisor e imaginaba que estaba entro momento o en otro lugar. No porque aquello me disgustase, sino porque siempre habrá un lugar mejor que el Bar de las Almas Perdidas. De hecho, cualquier lugar es mejor que aquel agujero.

 

Sobre las cinco los chicos desparecían, en pos de un sueño reparador para ir al instituto, sin lugar a dudas. María, aún en las noches más ajetreadas, sólo duraba hasta las cinco y media. Y sobre las seis llegaba Arturo. Un viejo pensionista para el que el termino cadáver andante era un piropo. Si alguna vez estuvo vivo fue décadas atrás. Todas las mañanas desayunaba café solo doble. Iba con una camisa barata de hipermercado, un abrigo impermeable y vaqueros cortos, tanto que dejaban la vista los calcetines ejecutivos que llevaba con los mocasines de piel artificial marrón. Se vanagloriaba de historias pretéritas, trozos de un pasado intrascendente que exhalaba entre los sorbos del café. Le contaba a Juan, que seguía anclado a la barra al amanecer de cada día, cuando hizo la mili, cuando entró a trabajar en unos talleres de camiones, y cuando su mujer murió. Siempre estaba intentando enseñar fotos de esa mujer extinta, sacando de la cartera retratos distintos cada día. La verdad es que de joven debió ser muy guapa, pero ahora sólo quedan cenizas mezcladas, por qué “no recogí las cenizas después de la cremación” dijo Arturo. Al terminar un café de una hora se iba y al poco yo también, dejando a Juan al cuidado del camarero de día del bar, dejando la última alma perdida con un extraño, a nuestro universo de mediocridad perfectamente sincronizada.

 

Con el tiempo Juan y María fueron haciéndose más cercanos. Hablaban de cualquier cosa e incluso me pareció que la vida rebrotaba en ambos. María sonreía con las ocurrencias de él, cómo si realmente le hiciese gracia. Mostraba una dentadura mellada en exceso y amarillenta. Él brillaba, en esos instantes, consciente de que otro ser humano, aparte de sí mismo, le miraba al menos y, más que eso, parecía interesada en él. Lo cierto es que paulatinamente la espalda totalmente encorvada se iba irguiendo de nuevo. Y María, qué decir de su cambio, su piel gris cenicienta daba pasos a un color vivo, por decir algo. Puede que, y no puedo asegurarlo, hasta el olor de su atmosfera fuese mejorando.

Cada noche que avanzaba miraba atónito aquella escena. Era como ver crecer esas bacterias extremófilas, contra todo pronóstico en medio del lugar con menos alimento del universo conocido.

 

Los chicos seguían con sus cartas, cambiando de juego y quemando los días, como si un hubiese mañana, ayer ni hoy. Procrastinaban decididamente su propia vida. Alguna vez soltaban ideas de futuro: Un curso de formación para desempleados, un trabajo mediocre para jóvenes o una idea empresarial que nunca comenzarían por no tener fuentes de financiación alguna. Pero todas esas proposiciones para salir del bar y de su letargo se veían diluidas al son de la cucharilla disolviendo el azúcar en el café. Estaban seguros allí, para qué iban a querer salir. De hecho, todas esas almas perdidas estaban atrapadas en la seguridad del bar. Incluso yo, a mi modo era parte de ese habitad lleno de especies protegidas.

No sé muy bien cuando, pero Juan fue poco a poco abandonando la perpetuidad de su castigo sísifico[1] en la barra y cada vez se iba más temprano. “Tengo cosas que hacer mañana temprano” decía sonriendo y saludando. También coincidió con una bajada drástica de su ingesta de alcohol.

 

Un día María tuvo un cliente más tarde de la cuenta y coincidió con Arturo en la barra. Al instante comenzaron a hablar. Él ávidamente de todo los que ya le había contado a cada ser vivo que conocía. María, en cierto modo era la primera mujer que le escuchaba en mucho tiempo y, quizás, por eso no le hizo pasar por la infinita procesión de las fotos de su difunta mujer. De hecho obvió el tema, intentando ofrecer una imagen distinta de él mismo. En resumen estaba embaucando a María y con el proceso se estaba enamorando, no de ella, sino de la sensación y el gozo de sentirse enamorado. Al fin y al cabo esa sensación era algo mucho más placentera, la droga sintética y equivocada del romanticismo platónico. Paulatinamente Arturo adelantó la entrada en el bar, perdiendo un poco más de su alma en el proceso. Se fue entregando a la ausencia del local en su búsqueda de algo que le llenaba.

Creo que fue en noviembre, quizás en diciembre, tampoco importa mucho el día sino los hechos. El viejo adelantó tanto la hora que coincidió con las conversaciones de María y Juan. Se sentó al lado de ella y la saludó. Esta le devolvió el saludo y siguió charlando con el antiguo tejador. Arturo hizo una mueca de tristeza, de vacío, soledad y de perdida. Pidió un cubata y bebió mascullando mientras a su lado las risas fluían ajenas a él. Los chavales e incluso yo mismo fuimos ausentes. Alguien había quitado la espoleta de una granada muy inestable, pero Money seguía sonando.

Arturo acudía cada día, se sentaba con su copa, cada vez más deshecho, y miraba con odio visceral a la extraña pareja de su lado. Llegó un momento en el que incluso cuando ella le hablaba este la ignoraba, contestando con secos monosílabos. Al principio María seguía intentando conversar, intentando mantener la conexión con aquel viejo simpático de otra época. Pero la realidad es que él ya había tomado una decisión. La vida, al fin y al cabo, va de decisiones, de tomarlas. Lo único que hace que todo se mueva es cómo y cuándo se llevan a cabo las resoluciones. Arturo sólo sabía que quería destrozar a María, no literalmente, una sola guantada de ella lo hubiese tumbado, tan pequeño y arrugado que era. Así que decidió esperar. Llevaba setenta años esperando morir, que más le daba aguardar para destrozar algo que le resultaba molesto.

Debía ser diciembre cuando uno de los clientes de María llegó tarde.  Tanto como para haberse ido Juan y lo suficiente como para que el anciano viese a qué se dedicaba ella. Puedo jurar que no he visto una sonrisa más perfecta, e internamente justificada, que la que mostro Arturo en ese instante.

Ese mismo día volvió a hablar con ella. Sabía qué quería y cómo conseguirlo. Para ello resolvió que necesitaba retomar la amistad o al menos fingirla.

– Te ves muy linda.- dijo de repente un día cuando ella permanecía inerte en la barra.

– Gracias.- respondió ella animada y sinceramente agradecida.- Echaba de menos que me hablases.-

– Y yo hablarte. Siento haber sido arisco un tiempo.-dijo él con una sonrisa de lado a lado.

A partir de ese momento comenzó una pequeña conquista a través de múltiples conversaciones. La conquista de un servicio que ella no quería dar por “amistad” y él necesitaba porque llevaba “muchos años solo”. Con el paso de los días María finalmente accedió, más por pena que por necesidad. En ese momento el viejo intentó fijar una hora, las tres y media. Pero la agenda estaba ocupada, así que lo pospusieron una semana. Semana de artificios por parte de él y de indecisión por parte de ella.

Al mismo tiempo, Juan trajo buenas noticias. La razón por la que ya no se quedaba tanto y cada vez bebía menos era que la fisioterapia, que durante años había sido inútil y meramente paliativa del dolor, hacía un par de meses que estaba dando resultados. Su espalda se curaba cada día. Yo sospechaba que tenía una razón psíquica más que física, pero como fuese según dijo en “uno seis meses podría llevar una vida casi normal”. María estalló de felicidad, asumiendo esa victoria como propia, empatizando con él y compartiendo la alegría. Yo mismo me alegré e invité a una ronda  para todos, incluidos los perennes menores y sus cartas. Arturo forzó una sonrisa artificiosa y le estrechó la mano en la mejor actuación que nadie ha hecho jamás.

 

Pero los cambios, suelen traer más cambios. Igual que cuando se mueve una pieza de dominó o una mariposa aletea sus alas en china; llegó el día en el que el viejo y María habían quedado. Como si se tratase de un gran evento Arturo vino trajeado, posiblemente con el del funeral de su amada esposa. Entró henchido y agarró del brazo a María para llevársela al baño. Atónito, Juan quedó boquiabierto y estiro el brazo para intentar coger el de ella, pero no le dio tiempo.

Los minutos pasaron entonces lentos, parsimoniosos, como si el tiempo real no fuese con ellos y el Bar de las Almas Perdidas fuese una anomalía cuántica. Los chicos se percataron y miraron fijamente al baño, desde el que por primera vez salían sonidos horrendos, un llanto quedo, gemidos asfixiados y las arcadas más profundas que se puedan dar sin perder la garganta.

Juan miraba con los puños cerrados esperando que se abriese la puerta, sin querer interrumpir la atrocidad pero, deseando vengarla.

Al cabo de treinta interminables minutos se abrió la puerta y salió el anciano subiendose la bragueta, feliz, desafiante y victorioso. El conquistador de un yermo, el emperador del vacío, el amo del dolor, suyo y ajeno.

– Ja. Hace lo que sea por unos buenos billetes. Incluso me ha dejado.- Ahí acabó la penúltima frase de Arturo en el bar.

En ese preciso instante Juan se abalanzó sobre el viejo y le propinó un puñetazo en la barbilla. Este le respondió sonriendo con un empujón que le hizo perder el equilibrio y caer de espaldas sobre la esquina de una mesa. Money comenzó a sonar, y yo de forma inconsciente subí el volumen. Los chavales se levantaron y observaron sin decidir si intervenir o no. Juan se levantó y se dirigió hacia el anciano con una mano en la espalda y una mueca de dolor. Saltó sobre Arturo y lo tumbó en el suelo dándole un puñetazo tras otro hasta que María salió.

-Juan no merece la pena.- Dijo mientras iba hacia los dos.

Arturo aprovechó el momento y empujó nuevamente a Juan que cayó de espaldas. Se subió a horcajadas sobre él y le agarró los hombros para levantarlo y estamparlo contra la losa una y otra vez. Crujido tras crujido las lágrimas, en parte de dolor y en parte e impotencia, se filtraron por los ojos de Juan. Los chavales no aguantaron más, dos de ellos levantaron al viejo y lo arrastraron fuera del bar.

-Ya he terminado aquí – dijo Arturo, con su última frase. Acto seguido salió propulsado por la puerta.

Money seguía sonando salpicado de los gemidos de Juan. María se agachó a socorrerlo y el otro chico y la chica le ayudaron a levantarlo. Apagué el televisor y salí a ver cómo estaban todos. Juan y María fueron al hospital, el tenía la espalda nuevamente destrozada. Después los cuatro chavales pagaron y se fueron apresuradamente. Yo, me quedé sentado en una silla durante una hora, en la que nadie más entro. Finalmente salí, cerré el bar y me fui a dormir al menos una hora de noche.

 

Con el tiempo supe que Juan se llevó a María a vivir con él, porque como dije, lo único, aún siendo lo peor, siempre es valioso para alguien. Arturo no volvió nunca más, no tenía necesidad. Los chicos, también desaparecieron, quizás porque el bar ya no les ofrecía la seguridad del “casa” de sus juegos infantiles. Me gusta pensar que descubrieron que ya no hay lugar seguro, si no una perpetua lucha y que debido a ello salieron al mundo a vivir la batalla del día a día. En cuanto a mí, terminé de pensar en todas las cosas que tenía que pensar. Tras aclararme volví a estudiar periodismo donde lo había dejado. Al fin y al cabo el mundo, aún en el Bar de las Almas Perdidas, está lleno de historias que necesitan ser contadas.

[1] Referente a Sísifo, personaje de la mitología griega.

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Al principio todo era tic y tac.

Al principio todo era tic  y tac.

No había nada más.

Desde que amanecía

hasta que te veía llegar.

Me levantaba, lavaba y miraba al vacío.

Me vestía, salía de casa e iba al trabajo.

A encontrarte entre legañas y  bostezos.

Luego las horas apiladas,

como el hito de la senda

que lleva al negro de tus ojos

Y al eco silencioso del suspiro.

Siempre bajo el son del tic y tac

Sosteniendo mil miradas furtivas

Deseando que el insoportable tedio

se extendiese hasta el infinito.

Y sin embargo encontrando siempre la sirena

pérfida y nada marinera que decretaba el final.

De nuevo a esperar el primer tic y tac.

De nuevo  aguardando volver a despertar.

Así sumando días, semanas,

e incluso puede que años.

No lo tengo nada claro,

estaba drogado de ti y tal.

Y de repente un día ya no estabas,

no quedaba nada que mirar,

nada por lo que suspirar.

Y el sonido del tiempo

quedó transfigurado.

Todo es un agudo y continuo pitido

igual que tras una gran explosión.

Una detonación en mi tic y tac

que ha dejado un socavón

justo en su mismo centro.

Ahora los días se apilan yermos,

Sobre un erial del tiempo perdido.

Pero,

por el rabillo del ojo veo un instante nunca producido.

El día que acerqué a mi tic y tac la palma de tu mano.

El inexistente momento en que te enseñé cómo suena

Mi universo abarrotado de los segundos a tu vera.

 

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¡Qué Maravillosa Ceguera!

Que maravillosa ceguera

rompe con brusquedad

cuando salgo de la caverna.

Que reconfortante sensación

¡Abandonar la oscura reclusión!

Desterrar las sombras traicioneras

y quedarme con risas en las pupilas.

 

¡Cuánto conocimiento hay fuera!

Cuanta Luz que acaricia tersa

cada rincón del alma desierta

llenándola de verdad y certezas.

 

Infinito  Fulgor irisado

que ahuyentas los viejos espectros.

Tictacs,  fuego y calor

que compensan ser el nuevo Prometeo.

 

Pequeña supernova blanca,

que llenaste el vacío del espacio

con millones de estrellas negras

para catalogar yendo despacio.

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