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Feliz Solsticio

Maldita tenia sorprendente
Sin quererlo y de repente
Te has hecho muy presente,
quizás incluso persistente
Pasaste de mero objeto
a un extraño sujeto.
Con la estereofónica velocidad de un animal
la voracidad perpetua de chacal con su tenia,
y la sutil locura de una liebre de marzo.
Mutando las palabras cual semiologo.
Cambiando desayuno y su significado,
transformando amanecer en sinestesia.
y poniendo un ola k’ase en el buenos días.
De puntos recolectora
por la falda roja,
Herman hesse
y Eduard punsset.

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Despliegue oxímoron

Mientras se pierde tu icono

entre los granos del tiempo

me flagelo con tus defectos.

Tu andar de pato con tacones

rogando al suelo un ósculo.

Funambulesca doblada

sondeando por torceduras.

Allá va otro momento

por el embudo del recuerdo.

Huérfana desequilibrada.

Buscando culpables

para que expíen

los pecados de tu padre

con tu ira irracional.

Ahí va otra partícula bajando

hacia al definitivo olvido.

Tus quejas en sí sostenido

¡Tengo frío!

¡Hace calor!

¡Qué sueño!

¡No me duermo!

Mando todo es al cuerno.

Ya ni siquiera son recuerdos.

Pero sobre todo

Te odio por tu silencio.

Tu conformarte con el dolor

Postrada en todo momento.

Tu apagarte sin interruptor

dejando el mundo oscuro.

Extraviando los te quiero

hasta con tu último aliento.

Incluso la totalidad de  esto,

bendito cúmulo de defectos,

se perderá como un grano de sal

en la orilla de un distante mar.

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De las islas.

De las islas, recónditas, esquivas, abundantes y evidentes.
Llegar se llega de muy diversas formas, pero se puede decir que hay dos bloques que aglutinan todos los métodos para llegar. Del mismo modo posiblemente sólo existan dos tipos de islas, con millones de variantes, pero al fin y al cabo el mismo tipo de isla.

A veces se llega por casualidad, sin quererlo de forma premeditada. Sencillamente un día se está en una balsa, de plástico y fibra de vidrio, a la deriva, por el espejo del espejo, y al siguiente en un amanecer, que bien puede ser anochecer, o atardecer, te encuentras en una playa. Una extensión de arena kilométrica lindando por el sur con el azul y al norte con rascacielos de leche y papel. Esa isla, es de las típicas agradables, que siempre tienen cosas que descubrir, recovecos indómitos que sólo exploradores suicidas, sin látigos ni gorros de ala ancha, pueden conocer. Esos intrépidos arqueólogos de momentos pasados y experiencias supinas, se juegan el cuello, los cuellos, escarbando a manos desnudas en cada loma. Perdiendo las uñas hasta portar muñones con la intención de encontrar esos cofres con los tesoros ya mencionados.
Pero llegar a esas islas, es difícil, complicado, extremadamente complejo. Son lugares que no aparecen en mapas. Lo extraño es cuando los adoradores del Ciclo hedonista e imberbe llegan a los parajes. Estos individuos dados a ver su reflejo más que a escarbar son como diabéticos en pastelerías.

La otra forma de arribar es clásica, sabida por todos. Consiste en contratar vuelos o barcos turísticos a ínsulas de oferta, plagadas de pisadas y desnudas de vegetación. Esas islas promocionadas en oferta, de forma explicita y en catálogos llenos de obviedades. No hay muchos secretos, más allá de lo que se puede ver, quizá algún joyero con una brillante reflexión, pero la mayor parte de veces son alajas de saldo, que vistas a través de la caña de azúcar rezuman exclusividad efímera. Están bien las islas de verano, para el verano, para las vacaciones, para no trabajar, para descargarse, para plantar bandera y decir yo estuve allí, para entrar en Ciclos continuos, para quién las quiera.
Estos islotes densos, pesados, cuya plaza en el mapa aparece al lado de innumerables haches superpuestas, son hogares ideales para los adoradores hedonistas que no buscan nada más allá de lo superfluo. Ellos son los que quieren una casita allí, sin mucha preocupación, sin escuchar las olas batiendo o los pájaros en la densa selva que estas islas nominativas no tienen.

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Genuflexión

Aleluya se dijo al señor
y a los textos sin corrupción.
Loada sea la incomprensión,
ese acicate que estimula la razón.
Bendita hora de mártires
que traen consigo campanillas.
Campanitas huecas, mudas,
de recipiente y forma carentes,
que juran inteligentes y enmascaradas.

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Trabajos.

Hidras con mente de grifo
campan a  su debido tiempo,
cuando despunta flora
y Eolo se bien excita.
Hidras de infinitas cabezas
cercenadas y resucitadas.
Ser mitológico preámbulo
de largas lombrices de fuego.
Antesala de tardes al sol
entre charla, tinta y calor.
Pistoletazo de salida para el último empujón.

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Relatos de Alejandría (dos)

¿Cuánto dura una elipsis?

¿Es acaso infinita desde su comienzo hasta su fin, al igual que los puntos de una línea previamente acabada?
Pulsas el interruptor, el botón o la llave que prende la luz, y en ese intervalo sin limitaciones, que se produce antes de que la iluminación haga acto de presencia, mil millones de neuronas reaccionan. Más rápidas que e=mc2, fundidas en un plasma espeso y etéreo.

Primer acto. La oscuridad.
El miedo y la incertidumbre arraigan en aquello que está y no se ve. Como esa puerta entreabierta apenas silueteada, que no es distinta en modo alguno de una garra o unos colmillos. Como la gota que cae incesantemente del grifo reflejando dentro de sí todo lo que se halla apagado, ahogándolo en un lago minúsculo. Recuerdos vanos surcan en arco el horizonte. Tiempos de luces nocturnas, eras de presidio en maletas de tela y de espera en vela. Esas reminiscencias de lo negro se contraponen igual que bandoleros acechando en las tinieblas con funestas intenciones. Evocaciones de armarios con propia presencia y de fondo los sonidos huecos y lejanos de los gritos y los golpes que a la madera dejaron de llegar. Recuerdos a todas luces ausentes de esta nube.

Segundo acto. La leve luz que tirita.
No se enciende de primeras, nunca lo hace. Se genera un zumbido y los hilos crujen portando los electrones, entonces, y sólo en ese instante llega el fogonazo nimio, que derrite la retina y la deja envuelta en oro blanco. Se ve el barco echándose a la mar en una mañana de abril, dentro de algunos años. El bajel, repleto hasta rebosar de tesoros, en su travesía cruza un lago o un río. Indiferente, todo está lo suficientemente velado como para no ser más que sombras. Al abrir la rosa repleta de pétalos, esta no muestra más que incoherencias, el norte el este del sur y así reordenándose el mundo sobre sí. Películas mudas se proyectan entre tanto en la vela pía. Charlestón de los veinte, dos mil veinte. Futuros codificados por la grasa de la lente que no dejan prever los designios de los hados.
La luz desaparece con varicela blanca y retorna a su primigenio negro. Así, en esa mezcla clara y oscura, la sinestesia temporal hecha esquizofrenia arrastra los ojos golpeados por raquetas de adelante hacia atrás.

Tercer acto. La suave luz gana.
Gana e impone un presente anterior a las películas, futuro a las gotas azabache y coetáneo en brevedad al fotón. Con cierta pesadez se presenta todo cual es, sin fantasía, sin Campanillas.

La simpleza de lo real oscurece tanto como ilumina de vez en cuando.

Iluminando partes.

Alguna vez ha sucedido, no muchas a verdad, que una bombilla presumiblemente apagada o fundida se encendía sin remedio. Con menos frecuencia sin mediar cables la luz ha hecho acto de presencia.
Un árbol de navidad puede contener trescientas diminutas bombillas y no todas tienen porque estar al mismo tiempo emitiendo lúmenes. Las que no lo hacen de manera usual, esas idénticas a supernovas, pasan desapercibidas. No es por menospreciar, pero nadie se fija, entre una cortina octal de color, en las calvas esquivas. En definitiva hay huecos y en algún momento se iluminan. Espectáculo maravilloso donde los halla, pues por inesperada, su luz, aunque sea difusa y extraña es sobretodo motivo de alegría.
Un latrocinio de quietud que arroja su presa a los ojos pese a que de estos partiese.
Un latrocinio de relevancia para con sus compañeras, que por millares quedan desmerecidas en la boa multicolor que asfixia las agujas perfumadas.
Un latrocinio, al fin y al cabo, que llevaba madurando la bombillita desde que decidió apagarse.
Un latrocinio perfecto durante segundos, horas o días, hasta que otra antorcha supuestamente extinta tome le relevo de la carrera delictiva.
El robo perfecto de la blanca a la gris, sin delito, sin bolsa, ni recompensa. Un latrocinio por hurtar, nada más.

Respuestas incómodas.

¿Qué tal si te respondo a esa pregunta que no me has hecho?
Bueno, no es paradójico qué te cuestione sobre una interrogante no lanzada, pues en este caso el que ha acabado preguntando soy yo. Sinceramente no hay problema alguno en oírte balbucear esa oración interrogativa, con el deje de incertidumbre que adquieren las palabras en ese mencionado tipo de frase. Pero sería mejor ahorrártelo, ya que dispongo de una respuesta. Puedo responderte incluso a tu segunda pregunta. Sé que suena demasiado soberbio por mi parte creer saber aquello que piensa la gente. Y no es que seas previsible. Confía en mí. Más bien es lo que aporta la experiencia.
Has observado mi mano, viéndolo de forma clara en ella. Efectivamente nadie pasa por alto ese detalle, podría decirse que es algo perenne en esta mano. Y la primera respuesta por lo tanto es un sí.
A la siguiente pregunta que te planteas realizar te diré que no, es imposible, al menos por ahora. Puesto que no hay modo. Quizás en otro momento. ¿Quién sabe?
Ah y suponiendo que ahora rumias una tercera interrogante te respondo a esta que es secreto profesional. Tampoco es tan complicado saber el cómo.
Me marcho, debo regresar a mis labores. Ha sido un placer contestar a tus cuestiones.

Yo la tengo más grande.

Jimmy es mi moto. Para mí la mejor del mundo, es el mismo modelo que Charly, la moto de Tommy. Aunque Charly es menos lustrosa. Por un lado están los retrovisores, y Jimmy tiene ocho esparcidos de manera pareja en cada lateral. Dos más que la moto de Tommy. En esto de la comparación también influye el color, mientras Charly es lisa, amarillenta, de un tono parecido a la vainilla con un poco de luz; Jimmy es blanca con líneas cruzando el frontal en grana y oliva. Definitivamente Jimmy, mi moto, es superior. Aparte la cilindrada de Charly es de tan sólo cuarenta y nueve centímetros cúbicos y , claro se queda corto al compararlo con los ciento veinte cinco de Jimmy. Es paradójico que las dos motos sean del mismo año y naciesen en la misma factoría. Ya que, Jimmy es rematadamente mejor que la que tiene Tommy. Si al menos Charly tuviese los mismos espejos o algunas piezas cromadas podría acercarse a la belleza de Jimmy.
Tampoco es cuestión de azar que las pegatinas las diferencien. Jimmy tiene unas letras doradas a todo lo largo de la cacha derecha donde dice: “ Modern Life”. Por su lado Charly sólo cuenta con una estúpida pegatina con la cabeza de un dragón, que no llega a salamandra. No sé como puede haber alguien que viendo a Jimmy prefiera a Charly, pero Tommy es su dueño a fin de cuentas.

Una de piratas.

Mi nombre es Phineas Jackson corso, de su majestad la Reina de Inglaterra, desde mil quinientos sesenta y tres. Mi padre era un rico comerciante de especias poseedor de una fortuna nada desdeñable para la época. Y es gracias a aquel patrimonio que pude adquirir la patente de corso y un navío.
Este se debió en parte al hecho de haber nacido segundo en una sucesión de tres hermanos varones. Jhonathan, el pequeño, se unió a la iglesia de la corona. Peter Thodore, el primogénito, se dedicó a la política y al libertinaje. Por lo que pude saber tras echarme a la mar murió de sífilis en el año setenta.
Retomando lo circunscrito a la piratería, hice de mi herencia un galeón de dos mástiles. Mi padre, Thodore, no se opuso a mi elección, pero antes de darme el estipendio para el barco me hizo jurar por el honor de la familia, que jamás atacaría un barco inglés. Y así lo prometí ante dios, mi hermano como representante, de manera solemne. El juramento era un tanto paradójico pues la propia patente de corso ya contaba con dicha obligación.
Me eché a la mar a los veinte años con una tripulación joven y ávida de emociones. En un primer momento pasamos calamitosas penurias, pues ninguno conocía las artes del reino de Poseidón. Nuestro objetivo era el mar caribe y los cargamentos de la corona española. Aunque, no fue hasta que perdimos diez hombres y fueron sustituidos por verdaderos marino experimentados, que contratamos en la Isla Tortuga, que las cosas mejoraron.
Atacamos tres navíos en dos meses. Lo más duro de aquello fue el dejar a los supervivientes de las carabelas sin alimentos, quilla, ni oro, a su suerte en medio del océano. Los jóvenes nos endurecimos rápidamente, pero no dejamos de derramar alguna lágrima por aquellos que morían a la deriva. Sobre todo cuando los desconsiderados españoles llevaban a mujeres o niños en las embarcaciones.
La bonanza duró años, y así nos hicimos un nombre en el caribe. Un nombre y entre nosotros un exceso de confianza. Pues aquellos que dejábamos a su suerte eran al fin y al cabo también hijos del señor, y aquello no podía durar eternamente.
Así en mil quinientos ochenta nuestro ímpetu y seguridad excesiva nos llevó a dar con un convoy de barcos españoles. Tres grandes carabelas viajaban cerca de la Española con suma lentitud enfilando hacia Europa. Aquello nos pareció simple, es más, creímos que después de aquel asalto podríamos volver a la metrópoli como hombres ricos y establecernos con todo tipo de lujos.
Pecamos de ingenuos o quizás de avariciosos. Tras unas horas de luchas ardua nos vimos reducimos por aquellos Hispanos de pelo grasiento y aspecto descuidado. Nuestro nombre y modo de proceder nos precedía. Aquello debía servir para infundir temor, pero no era miedo lo aquellos marinos tenían, sino odio. Y por aquella costumbre humana del ojo por ojos nos trataron.
Ahora, después de una semana a la deriva, sólo sueño con una tormenta que nos engulla y prive al fin de este sufrimiento. Los hombres se han vuelto viles hasta el punto de comerse lo cadáveres de sus hermanos.. En cuanto uno fallece ya hay vasos dispuestos para beber su vitae y cuchillos cortando la carne humana con la destreza del matarife.
Simplemente le pido al señor que ayude a cruzar el río hacia la otra vida, aunque no halla monedas con que pagar, así podremos salvarnos de la demoníaca perversidad que obligamos vivir a tantos.

Dicen de aquel lugar.

Los viajeros hablan aterrorizados de aquella lejana tierra. Umbría la denominaban con semblante consternado, rotos en cierto modo cada vez que alguien les obligaba a describirla. La tierra de mas allá del límite según relataban no envidiaba nada a la nuestra en extensión. Poblado en demasía no había ni un centímetro deshabitado.
Sus gentes eran bajas, sucias, dadas alcohol y a los vicios más inconfesables por cualquiera de nosotros, crueles por naturaleza y corruptos. Claro que como en cualquier lugar en Umbría se encontraban excepciones. Aquí también tenemos a gente como la de allí, pero su insignificante número los hace elementos exentos de la sociedad. Quizás en aquella tierra inhóspita los honestos y nobles fuesen mal vistos por la sociedad.
Dicen de las costumbres que tienen muchas, a cada cual más atroz. Encierran a los ancianos en centros donde los obvian hasta su muerte. Hacen lo mismo con los niños, que dejan en lugares saturados de colores chillones y , animales deformes esbozados torpemente en cartones. En cuanto a los impedidos, los dispersan en casetas verdes repartiendo boletos de lo que algunos interlocutores llamaban jubilación anticipada. Sea eso lo que quiera significar.
En umbría las mujeres adoradas, respetadas y orgullosas de sí en nuestra tierra, son pisadas por el macho de la sociedad, incluso asesinadas sin ningún tipo de repulsa social. Son tratadas como aquí hacemos con nuestros autómatas del hogar.
En la tierra de más allá del límite impera el embotamiento colectivo, ya que según me relataron; periódicamente se encienden pantallas para que las mentes débiles y primitivas de esas gentes sean lavadas. En realidad les aportan sensaciones para ellos agradables, gotas efímeras de felicidad ficticia para que olviden a sus ancianos y niños reclusos, sus mujeres esclavas y su hábitat sombrío.

La cama está vacía.

La cama está vacía. Para ser más exactos la mitad oeste es la deshabitada, pero intento pasarlo por alto. Niego la ausencia de calor apoyándome contra la pared, me acurruco en posición fetal de cara al escarpado gotelé rezando en cierto modo para no invadir ese lado vacío, cerrando fuertemente los ojos por miedo a ver. Aún ahora puedo notar que hay calor, o más bien el recuerdo de aquel. Baño todas las noches la almohada con tu perfume, el que te regalé. Con un leve toque a canela y limón, con un aire a ti, porque te encantaba y lo llevabas siempre. Noto ese aroma y dejo que mi mente me transporte hasta aquellos tiempos pretéritos, donde el calor no era recuerdo, sino un hecho tan incontestable como la gravedad o la muerte. Porque, lo sabemos, las cosas se marchitan hasta fallecer. Tenemos certeza irrefutable de ello. La certeza que por temor a olvidar me lleva a introducir una toalla enrollada bajo mi nuca a modo de brazo impertinente. Tu brazo se dormía y yo despertaba con las cervicales como una creación de Escher. Ahora nadie se queja al restregarse las legañas, pero si al crujir el cuello. Es eterno mi dolor de cuello, es eterno. La canción que escuchabas al despertar, aquella de Eric Clapton sigue sonando cada mañana, como si el trovador no se hubiese dado cuenta que no es tiempo de cocaína. Miro la puerta de la habitación y espero que entres de nuevo tocando la guitarra fantasma, luciendo la amplia camiseta que hacía las veces de tu camisón. Aquella camiseta del Olimpique de Marsella que dejaba tus piernas desnudas hasta unos centímetros de la pelvis. Aquellas finas piernas recorridas en mi mente miles de veces, hasta esa tela transpirable, con caricias delicadas enarbolaban mi ánimo tan de mañana.

Espero, pero antes se cansa Clapton y retiro la toalla enrollada, dejo la cama desecha como siempre hacíamos, volviendo al mundo en el que nunca estuviste. El mundo al que no perteneces.
Infinitas noches resumidas en una. Cuanto ajeno asalta de súbito sin avisar. Tu perfume, tu brazo, el calor de tu cuerpo y, Clapton, vestido de albi-celeste, tocando los acordes de la guitarra que me cargaba las pilas cada mañana. Cuanto propio es vano al despertar rodeado de pastillas de aire y Cócteles de agua.

Cordón vital.

Cuando a Pedro le regalaron sus botas de fútbol se convirtió en el niño más feliz del mundo. Las botas eran negras, con tres franjas blancas a cada lado, tenían tacos de aluminio y estaban tan ajustadas como una soga, justo como debía ser. Aquel pudo ser el cumpleaños más feliz de Pedro, pero un año después la televisión había sustituido la moda del balompié por el balonmano. Cuestión de derechos de retrasmisión, pues el precio al que las cadenas compraban los partidos había subido monstruosamente, y así, aquel momento no parecía el más rentable para emitir el caro deporte. Entonces las televisiones decidieron encauzar las ansias de entretenimiento deportivo a otros derroteros, balonmano, baloncesto, incluso waterpolo. Pedro comenzó a tener interés por aquello de la red en el centro de la pista, así que ese segundo año, ya apuntado a un club de balonmano recibió como regalo un juego de rodilleras, coderas y muñequeras.
Las botas perdieron entonces relevancia y pasaron al fondo de un arcón. Solitarias pasaron el tiempo con sus franjas en la sombra y sus tacos en la madera, sin poder tocar un campo verde tal y como debían. Las modas deportivas se sucedieron y finalmente un día, por falta de espacio, la estancia de las botas en la casa de Pedro cesó. La madre ávida de huecos libres, para guardar todas aquellas necesidades, tiró al contenedor las zapatillas sin apenas haber sido usadas.
Comenzó entonces el viaje en una bolsa, luego a un camión que intentó aplastarlas contra las mondas de una naranja. Se salvaron para llegar a un vertedero en un cálido atardecer, y entre gases permanecieron nuevamente inmóviles, sin ser usadas. La basura se fue amontonando sobre ellas y no tardaron en quedar ocultas del sol. Años después, no es posible concretar cuántos, un dictamen regional obligó a cerrar el vertedero y la basura fue nuevamente introducida en camiones. Capa tras capa la montaña fue removida, hasta que las tres franjas blancas de ambas botas vieron de nuevo la luz.
Ese día Pedro, operario de excavadoras, las vio y bajó de la máquina amarilla, se arrodilló ante el montón de detritus fosilizados, recogió las zapatillas, vació su interior y las guardó en una bolsa de plástico que volaba por allí. Cuando arribó a su casa las lavó en la lavadora varias veces y cuatro días después se la dio a su hijo pequeño, tocayo suyo, en su onomástica.

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Piedra, papel o tijeras (Papel).

Espadas imaginarias
para luchar quiero.
A primera piedra
tener algún duelo.
Es sencillo, nada de sangres rotas.
Aparentan mejor los sables de papel.
Enroscados uno sobre otro,
en perfecta papiroflexia.
Origami de realidades contrapuestas.
Patas de gacela en cabeza de delfín.
Un extraño y ajeno grifo
Sin alas con que volar.
Híbrida batalla fruncida con
sutiles retales y trozos de mitos imaginados
cosidos al verdadero
pasado y futuro de un pétreo rubí.

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