Archivo de la categoría: vida

3600 latidos por minuto.

3600 latidos por minuto.

Cuando el sol imaginario golpea mi ventana,

arrancándome bruscamente las sábanas,

arrojándome de un golpe fuera de la cama.

3600 latidos por minuto.

Llenándome de hormonas

de nombres desquiciados.

Expandiendo el negro

en mis paralelas pupilas.

3600 latidos por minuto.

Atravesando mi cerebro.

Zigzagueando

de recuerdo a sueño,

igual que un rayo

entre los trozos de cielo.

3600 latidos por minuto.

Para ver sin ver la imagen

De un esplendido amanecer.

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Casio presente


¿Por qué no le hacen nada las balas?
¿por qué siempre nos gana?
Los golpes no le mellan,
Las penurias no le pesan.
Nos mira de soslayo
Como un ser superior.
¿Acaso es invencible?
Nadie es indestructible.
Entonces cómo se le vence.
Sólo puedes ignorarle.
¿Cómo si siempre está presente,
siempre vigilante y diligente?
Es su forma de ser.
No, es un monstruo.
Eso nunca existió.
¿Entonces qué es?
Yo sólo sé su nombre.
Pues dímelo te lo ruego.
Su nombre es Tiempo.

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Your credit is about to expire.

Como un Conan sin espada,

un Shekespeare sin pluma

y un Cervantes sin batalla.

Los días pasan

y no ocurre nada,

nada, nada y nada.

solamente

el futuro  que se escapa,

mientras el presente nos atrapa

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Tres relatos de Alejandría + uno.

Mi puerta.

Así que esto es morir. No se siente tan doloroso, puedo notar las punzadas de los huesos fracturados que han atravesado los músculos y la piel hasta oxigenar el tuétano, pero no es dolor, sino conciencia del hecho en sí. Definitivamente no duele, aunque esta ceguera imposibilita que comprenda la situación de manera completa.
Lo último que vi fue el viejo Audi dorado que venia calle abajo, dos mil quilos o quizá más, el conductor debe pesar sus cien quilos por si mismo, además ese modelo de coche es viejo, hecho de acero y nada de fibra, tres toneladas entonces.
Lo observé durante un segundo y ahora el calor abandona mi cuerpo, con un constante goteo evacua el agua de las reservas. Las manos empiezan a estar entumecidas, como si me hubiese dormido sobre los brazos. La misma y exacta sensación, noto las manos pero no se mueven, dos manoplas inútiles hechas para no sacar ningún bollo del horno.
Así que atropellado, debería haber prestado más atención. Ya me pasó algo parecido cuando ese niño frenó frente a mi cara esta mañana. Esa vez me tiré tras una farola. Me cubrí cuando ya estaba detenido el chico. Su bici roja había chirriado dándome le pistoletazo de salida para el salto lateral y asíncrono.
“Presta atención”, siempre me lo decían, al menos una vez a la semana algún desconocido o un no tan ajeno agarraba mi brazo para que no volase delante de algún vehículo. Lo chocante, valga la ironía semántica, era cuando esas personas que me salvaban de estar como ahora se sentían aliviados sin pensar que mi obnubilación me llevaría a ese mismo punto una y otra vez de forma iterativa en una cadena perpetua de agarrones y frenazos.
Nota mental, la dificultad respiratoria viene en el paquete de la muerte. Ahora me cuesta imaginar, y eso es extraño. Siempre que he estado al borde del atropello andaba por otro lugar, recreando un bosque gracias a los cantos de los pájaros y los exiguos árboles de la avenida, o conversando charlas pasadas de nuevo, modificando mis frases y razonando como se hubiesen desarrollado de haber de haber pronunciado otras palabras, las palabras adecuadas para aquellos inadecuados momentos. Eso me gusta, imaginar, ver otras cosas donde no están. Corrijo, me gustaba porque evidentemente  de esta no voy a salir.
¿Por dónde iba cuando me dio aquel coche dorado? Cruzaba una calle, pero, ¿Era por el lugar adecuado? Sé que había un paso de cebra, algo despintado por el paso de los vehículos, y los peatones. El suelo estaba caliente, no lo suficiente como para expeler la flama del verano , pero si lo suficiente para sentir el calor subiendo por los pantalones abiertos como si de una chimenea se tratasen.
No hubo pitido, así que seguramente el tipo de los cien quilos no me vio, o sí. Debían  ser la once y cinco, el día estaba despejado creo. Sí, el cielo estaba abierto, porque de otra forma no hubiese hecho tanto calor.
Ahora tocan los pies. Esto es interesante, al estar tumbado la sangre llegaba con más facilidad a las piernas, por eso debo estar tardando tan poco en morir. Claro, las fracturas están en ambas piernas.
No miré, ese paso de cebra no tenía semáforos. Maldita manía de seguir a rajatabla el código de circulación. Los coches deben pararse siempre, pero siempre no es un imperativo categórico y definitivo. Por lo tanto no fue un error mío al cien por cien, más bien una doble cagada.
Caramba, que típico una luz, negra para variar un poco y darle un poco de interés a esta experiencia. Una luz que dibuja en fluorescente blanco letras en alfabetos extraños. Indio a lo mejor, u árabe. A lo mejor el Dios de los otros es más acertado que le de mi cultura. Aunque, ahora que miro bien, hay frases escritas en múltiples lenguas, también la mía. Entrada, o salida. Vaya, podrían ser claros aunque sea en la muerte. El paraíso ultravioleta de la contradicción. Normal que no queden creyentes de verdad, si ni siquiera pueden decir claramente a dónde va una puerta que es igual para los que tienen fe, sean cual sea, incluso el culto a las ratas, y los que no. O, a lo mejor la puerta es genérica, pero el color depende de cada uno, en mi caso el negro y el blanco de neón encendido. Incluso la puerta puede ser la mía y la de nadie más. Un ente, una puerta esa es la política del paso al otro mundo. Política derrochadora, ya podían hacer una giratoria con un gran cartel mental en un solo color que dejase claro a dónde se va y si hay alguna condición como por ejemplo: Prohibido boches, ecologistas, homosexuales, pedófilos, amas de casa y flautistas de flautas traviesas. No por nada, sino porque Dios, su Dios, mi Dios debe odiar a alguien. No me creo el cuento ese de que es todo amor. El único amor que conozco sale del sexo o de las lágrimas y Dios no creo que folle ni mucho menos llore. Aunque sería interesante verlo soltar alguna lágrima después de tener el orgasmo de despedida con su pareja. Ese es Dios, un tipo que sólo llora cuando folla y nunca folla.
Que sencillo parece todo ahora, la único que complica las cosas es una puerta. Sencillo, sin sangre, oxígeno, vista real, dolor, ni culpa por morir. Sin culpa, ni peso alguno, sólo con mi puerta, que es mía y de nadie más, detrás de la cual mi Dios, el mío, estará esperando en lencería negra, con una lágrima esperando surcar su infinita mejilla casquivana.

¿Perdona?

En algún punto indeterminado entre el año 2002 y 2004 surgió un mal que estuvo a punto de llevar a la humanidad hasta su extinción.
El gremio de los zapateros, que desde los albores de los Sapiens Sapiens, incluso quizá desde los Habilis, había dado paz a toda clase de pies, fue víctima de un extraño virus. El denominado Kistch-T11. En un primer instante nadie lo percibió, pues eran pocos los diseñadores infectados y se entendía que aquellas aberraciones, fuesen lo que fuesen, respondían a estudios de mercados perpetrados por desalmados directores de marketing encorbatados.
Pocas personas se atrevían a llevar los zapatos de los infectados. Estos “valientes” carecían de sentido del gusto o de la respuesta innata, de un ser evolucionado, ante las monstruosidades. Portadores de trajes y chándales blancos se sentían cómodos con esa nueva ola que mermaba la capacidad de elección de los seres racionales.
Un año después de los primeros vestigios de la infección las estanterías se hallaban repletas de ofensivas tachuelas doradas, cordones y velcros desubicados y una total carencia de la estética. Fue en ese instante cuando los Gobiernos se dieron cuenta. Se invirtieron miles de millones para encontrar una vacuna que nunca llegó, y sólo las empresas más importantes parecían mantener limpios a sus diseñadores. La compra de calzado cayó pues los precios de los zapatos decentes subieron como la espuma y sólo aquellos con un gran poder adquisitivo podían permitírselo.
Así las cosas, alguna gran empresa quedó infectada. Se cree que la competencia provocó ese hecho para quedarse todo el mercado. Pero la jugada les salió mal y su infección fue devuelta al sumirse sus rivales en le caos estilístico. En aquel instante las botas de cuero con remaches de rubíes plásticos surgieron desterrando toda esperanza.
La gente gastó sus zapatos hasta quedar descalza, momento en el cual todo cambió. Millones perecieron por las infecciones originadas al ir descalzos, otras quedaron inválidas, con los pies envueltos en cayos que les impedían moverse.
Treinta años después la población mundial apenas sobrepasaba los cien millones, viviendo de la caza y la recolección de frutos.
No tardo entonces en celebrarse un concilio donde la humanidad, decidió crear tres diseños. Los tres únicos diseños que existen desde entonces. Por supuesto en dicha elección no participó nadie que portase trajes o indumentaria descaradamente blanca.
Y esa es la historia de la crisis del calzado del siglo XXI. Para mañana lean el capítulo trescientos: Acerca de la revolución colonial en Tritón y otros conflictos extraterrestres menores.

Los últimos.

Pedro entrelazó las manos alrededor de la taza humeante de té y dijo.- A estas alturas ya deberían saberlo.- Suspiró mirando el agua que subía de la superficie color crema y continuó.- ¿No crees qué tendríamos que hacer algo?. En cualquier momento echarán la puerta abajo y se acabó.
Luís, que había estado escuchando en todo momento, tenía la mirada perdida en algún punto de la pared. En su mano, una colilla dejaba caer briznas de ceniza debido al leve temblor de la mano con la que sostenía el cigarrillo. – ¿Lo saben verdad?.- Acertó al fin Luís a balbucear.
-Claro idiota, lo has escuchado igual que yo. Han descubierto los panfletos en el piso de Juan. Sólo es cuestión de tiempo.
-Si nos detienen eso será lo único que tengamos, tiempo hasta acabar nuestros días.- Interpeló Luís dejando caer la colilla marrón al suelo de madera para apagarla de un pistón, dejando un tizno en la porosa grieta que cubría el listón. Esperó un segundo y continuó.- Aunque a lo mejor nos sentencian a muerte. Sería un poco menos de tiempo.-
-¡Pues movámonos!- Dijo Pedro moviendo las manos sobre su cabeza a modo de oración. Al dejar caer sus brazos, la taza de té perdió su equilibrio manchando el barniz con la pegajosa leche manchada de beige.
-Yo no me voy.- Espetó Luís.- Sabes que tarde o temprano darán con nosotros. Tenemos que encontrar otra solución más rápida-
Pedro se levantó y anduvo en elipse por la estrecha habitación mientras se mordías las uñas- Pues dime que propones.- Tras las palabras se apoyó de perfil sobre una pared, desconchada y fría, mirando la puerta con los ojos vidriosos.
Luís respiró hondo y dijo.-Yo no quiero ir al a cárcel, solo eran unos panfletos. ¡una mierda de propaganda!.-  Luego Prendió otro cigarrillo y lo acercó con la mano temblorosa a su boca una y otra vez hasta consumir el papel en un santiamén.-Podemos hacer dos cosas; darnos un tiro de gracia aquí y ahora, evitando así la prisión, los trabajos forzados, los interrogatorios y posiblemente el fusilamiento; o le cargamos el muerto a alguien. Porque cuando lo que está en juego es nuestra vida a los ideales de hermandad les pueden dar por el culo.
Pedro se separó bruscamente de la pared y miró a Luís con el semblante serio pese a que las lágrimas salían a borbotones de su cara. – Quizás podríamos irnos la monte, piénsalo. Hay muchos hombres luchando en el norte. Podríamos ser parte de la reconquista.-
Luís se echó para atrás unos pasos y dijo finalmente.- Yo no quiero que me den caza como a un animal salvaje, si es preciso venderé al que sea. No te das cuenta, lo único que nos queda es la vida. ¡Ya no hay lucha! Se acabó toda esa mierda de ideales, hemos perdido.-
-Voy a la comisaría a entregarme. Yo no pienso traicionar aquello por lo que he luchado, ya he visto morir a demasiados camaradas. Tú puedes hacer lo que quieras, no te delataré, pero si alguna vez me entero que hablaste de alguien reza porque no te encuentre. Porque te daré caza como temes, te juro que te cazaré si vendes a alguien.- Pedro salió rojo de ira aun con lágrimas en el rostro. Cerró la puerta con estrépito y un polvillo blanquecino descendió desde el oscuro techo.
Luís quedó en un rincón mirando en el suelo las marcas de cigarros apagados al tiempo que prendía otro. Sostuvo el cigarro con la mano derecha un poco alzada, dejando lejos de sí el molesto humo añil, del papel y las hojas de tabaco, que subía en una recta ondulada hasta fundirse con la oscura sombra del techo. La sombra que observaba toda la habitación.

Once y cinco.

Once y cinco, la aguja escuálida apuntando al cinco, como sin quererlo y la corta parada en el once. El segundero inmóvil las observa carentes de vida, de interés y de relevancia en el stop más largo de la historia. Es difícil saber cuando paró el reloj, pero desde ese instante todos los momentos del universo son o se produjeron a las once y cinco. Nada ocurrió a otro hora y en otro tiempo, ni nada ocurrirá en otro tiempo.
Pese a acertar de manera exacta dos veces al día, para el reloj no hay otro tiempo: Ve eclipses de doce horas y en un segundo sus días duran eternamente.
En un pasado remoto, quizás a las once y cinco, de la mañana estábamos en mundos separados, sin espejos que nos mirasen devolviéndonos la vista con nuestros propios ojos. Porque la reflexión en pausa sencillamente va en contra de la física. Tú te mirabas atusando tu pelo castaño, imaginando que peinado era el mejor sin saber que no veías más que un cuarto inmóvil. Y yo contaba con el dedo el mismo número una y otra vez. Siete, siete, siete, la suma ininterrumpida por los siglos arroja un resultado prefijado de antemano por el segundo dedo extendido de la mano derecha.
Ya en la noche de aquel lejano ayer, noche en la que Antares no guiaba a la Vía láctea, porque esta no necesitaba moverse, porque sencillamente no se movía.  Esa cálida, no de temperatura, provocaba que tu piel expeliese sudor, un sempiterno goteo desde tus axilas y hasta estas. No aumentaban las gotas, simplemente salían de los poros para volver a salir de aquellas axilas ajenas al vello. Esa noche eterna me hacía dar vueltas en un colchón. Era niño y el calor, constante de veintisiete grados centígrados, me impedía dormir. Me giraba a la izquierda una y otra vez, para volver a hacerlo sin encontrar en el lado del colchón una refrigeración palpable para los ochenta con seis grados Fahrenheit.
Hace poco las once y cinco significaban otra cosa. Más complejas, menos mundanas. Mirabas la pantalla detenida a medio refrescar, con la imagen rota por la mitad. Mirabas los números descuadrados en siete mil, y tu rostro severo se fijaba en el último cero y volvía al siete de los siete mil. La preocupación subía y bajaba, cómo el tiovivo que de niños nos dejaba en los infantes rostros el miedo de la fuerza centrífuga. El pánico de caer del pony, a perder el trabajo. Y en ese instante me movía de un lugar al mismo sitios dejando un surco profundo e invisible en el suelo. En mi cabeza un misterio incierto se formaba para desaparecer. Una diminuta idea verde crecía y volvía a ser azul. El interruptor de la discoteca era accionado por un Juan Pablo II grande, pero enfermo. Las luciérnagas iban para volver con su luz verde.
Esa misma noche observabas consternada mi rostro y dentro de mi cabeza, a las once y cinco una masa verde palpitaba en rojo. Ya lo sabía, aquello era un echo que te comentaba con ojos de loco. Y que tú recibías con lentes húmedas. Tu pack era grande, pero de ninguna de las ofertas era yo culpable. Quizá sí de una, pero en la promoción no influí, pero puede que te dejase sola, pero era por falta de tiempo. Ninguno teníamos tiempo cuando las horas se sucedían una detrás de otra en un continuo indescriptiblemente cíclico.
Después, ahora, y a las once y cinco la butaca vacía reía en lado septentrional del living. Sin mecerse, tranquila y ajena a los crujido. Estas noches estás en la casa donde te peinabas de niña y ya no te acicalas frente al la nada, sólo rememoras un corto segundo de manera perpetua, cómo lo haría un crío con su película favorita, de manera obsesa. Mientras en mi pantalla un coche explota iluminando y no la mecedora. Evadiéndome, con los siete altavoces mas uno, de tu película, de la mía.
Dentro de poco, con las agujas abiertas sesenta grados y centradas respecto al doce, ni un minuto antes ni otro posterior, estarás de nuevo viendo la pantalla en otra oficina de meno tamaño por la que la luz entra débilmente desde un ventanuco alargado, alto y cerrado. Tus sietes serán de otro color, más pequeños, pero tu sonrisa de alivio será inmensa, liberada de un peso lapidario diría yo. Abres la boca mostrando tu perfecta dentadura de Ava Gardner para abrirla de nuevo. Orgullosa de tener los dientes de un mito, de ser perfecta aunque sea sonriendo eternamente. Setenta te contenta sobremanera. Mi mañana será extraña una corbata de topos me ahorcará, pero lo hará poco a poco, por los siglos de los siglos en ese instante sostenido. Delante miradas escrutando a mi derecha. Derecha en la que reposa un lienzo con una imagen vana, facililla, adornada con algunos textos igualmente sencillos. La corbata se apretará y también otras cosas.
Por la noche y no sé como tu pelo estará en mi mano derecha, tu seno izquierdo será lamido por mi lengua en un intento infinito de poner el pezón erecto. Tu mano sostendrá mi pene con presión, como la corbata y buscará en una ráfaga sin fin una eyaculación que nunca llegará. Los testículos me dolerán como tú perderás la sensibilidad del pezón. Coitos interminables en el sofá del salón. Millones de ausencias, tantas como puntos en una línea, de consumación a las once y cinco.
Y finalmente dentro de mucho dará igual que sea de noche o de día. Yo ya estaré muerto, fallecido un día siete el mes siete a las once y cinco. Pero tú, ausente en tu infinito olvido te atusarás de nuevo el pelo frente a la ventana. Te tocaras el cuero cabelludo y las raíces al tiempo que vuelo en polvo sin asentarme jamás en un sitio concreto. Sin aterrizar, sin encontrar el peinado perfecto permaneceremos a las once y cinco.

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Cuando hola es más que hola, pero menos que hola.

Hay muchas formas de decir hola pareciendo estúpido. En realidad, estúpido no es la palabra correcta, más bien sería algo del estilo de: bobo, bobo de remate, bobo plano, bobo line y otras que se asemejen. Podría decirse que es un hola sicnero un saludo cordial y sencillo carente de ninguna otra intencionalidad, pero el bobo que quiero retratar esta más cercano de un bobalicón, un ausente de realidad tan ensimismado, en un futuro o pasado, que no tiene más que reaccionar soltando semejante bisílabo a modo de balbuceo ajeno.

Nuestro bobo, simpático por su forma de mirar al vacío como si este tuviese consistencia propia debe tener ciertas características, . En primer lugar nunca debe saber a donde va, es imprescindible que se dirija a sitios preacordados, pero carezca del conocimiento más básico del movimiento, el por qué del desplazamiento. En segundo lugar y de forma robótica generará una acción determinada al llegar a dicho lugar. Determinada por algo ajeno a él. El bobo simplemente no hace nada por si mismo, si por él fuese se quedaría admirando los universos paralelos en los que decide hacer algo mientras pasan los días, o los años. Por último el bobo vive enclaustrado en su propia fantasía, ya descrita, es decir que su mundo si se mira ampliamente esta quimera puede satisfacer sus necesidades más básicas, a nivel emocional, sin causarle lesión alguna. Por eso mismo, el bobo es un ser seguro dentro de sí mismo.

Ahora bien, lo que el bobo, que saluda elevando la mano y diciendo hola, no sabe es que el mundo real es una potencia en su mismo de sus fantasías. El bobo tiene la capacidad de ver como se desarrollaran los acontecimientos, pero es simplemente una visión. Si el bobo en toda su sincera y solemne estupidez, fuese allá dónde va en su imaginación de lo mundano y actuase tal y como lo haría su alterego con vida, a lo mejor podría dejar de sentirse bobo en los más hondo de su ser, para comenzar a llenarse de experiencias percibidas por cinco sentidos preparados para ello mucho más que una imaginación, banalmente abarrotada. Aunque de ser así, el bobo viviría seguro de sí.

Pero nuestro bobo aún es demasiado bobalicón para decir hola sin hacerlo de sopetón, es decir buscarse su propio saludo es una tarea inimaginable, porque ya la ve en su interior.

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Piedra, papel y tijeras (piedra)

Piedra Quebrada.

Cadena Rota.

Mente emancipada.

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De las islas.

De las islas, recónditas, esquivas, abundantes y evidentes.
Llegar se llega de muy diversas formas, pero se puede decir que hay dos bloques que aglutinan todos los métodos para llegar. Del mismo modo posiblemente sólo existan dos tipos de islas, con millones de variantes, pero al fin y al cabo el mismo tipo de isla.

A veces se llega por casualidad, sin quererlo de forma premeditada. Sencillamente un día se está en una balsa, de plástico y fibra de vidrio, a la deriva, por el espejo del espejo, y al siguiente en un amanecer, que bien puede ser anochecer, o atardecer, te encuentras en una playa. Una extensión de arena kilométrica lindando por el sur con el azul y al norte con rascacielos de leche y papel. Esa isla, es de las típicas agradables, que siempre tienen cosas que descubrir, recovecos indómitos que sólo exploradores suicidas, sin látigos ni gorros de ala ancha, pueden conocer. Esos intrépidos arqueólogos de momentos pasados y experiencias supinas, se juegan el cuello, los cuellos, escarbando a manos desnudas en cada loma. Perdiendo las uñas hasta portar muñones con la intención de encontrar esos cofres con los tesoros ya mencionados.
Pero llegar a esas islas, es difícil, complicado, extremadamente complejo. Son lugares que no aparecen en mapas. Lo extraño es cuando los adoradores del Ciclo hedonista e imberbe llegan a los parajes. Estos individuos dados a ver su reflejo más que a escarbar son como diabéticos en pastelerías.

La otra forma de arribar es clásica, sabida por todos. Consiste en contratar vuelos o barcos turísticos a ínsulas de oferta, plagadas de pisadas y desnudas de vegetación. Esas islas promocionadas en oferta, de forma explicita y en catálogos llenos de obviedades. No hay muchos secretos, más allá de lo que se puede ver, quizá algún joyero con una brillante reflexión, pero la mayor parte de veces son alajas de saldo, que vistas a través de la caña de azúcar rezuman exclusividad efímera. Están bien las islas de verano, para el verano, para las vacaciones, para no trabajar, para descargarse, para plantar bandera y decir yo estuve allí, para entrar en Ciclos continuos, para quién las quiera.
Estos islotes densos, pesados, cuya plaza en el mapa aparece al lado de innumerables haches superpuestas, son hogares ideales para los adoradores hedonistas que no buscan nada más allá de lo superfluo. Ellos son los que quieren una casita allí, sin mucha preocupación, sin escuchar las olas batiendo o los pájaros en la densa selva que estas islas nominativas no tienen.

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