Revo.

Sitio al orondo regente,
Con la izquierda alzada,
Con la bandera enarbolada.

El seno al sol
Guiando a la turba,
Dirigiendo al pueblo,
Liderando el anhelo.

Una revolución tricolor,
después de esta otras tantas,
Como antes la anterior,
Pero luego sólo dormitar

Flamantemente, algún día
El perezoso pueblo
Romperá el mando
Tomará el control
Y bien alto se erguirá.
Dueño de su presente.

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Skespeare reborn.

Mi dulce señora

que observas el cielo augusto

sólo hay una cosa que yo anhelo

Luz, calor y fuego

Fulgor que alumbre mi camino.

por el pasado oscurecido.

Tibieza que me llene mi interior,

ardor que sea de nos.

Y llamas que permitan con valor

afrontar el destino.

Y si esa sagrada trinidad,

no puede serme concedida.

Que el mismo Dios tema por su inmortalidad,

Pues no habrá lugar en esta ni en la otra vida

En el que se pueda ocultar.

Porque a fé que estos dones me he ganado.

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Casio presente


¿Por qué no le hacen nada las balas?
¿por qué siempre nos gana?
Los golpes no le mellan,
Las penurias no le pesan.
Nos mira de soslayo
Como un ser superior.
¿Acaso es invencible?
Nadie es indestructible.
Entonces cómo se le vence.
Sólo puedes ignorarle.
¿Cómo si siempre está presente,
siempre vigilante y diligente?
Es su forma de ser.
No, es un monstruo.
Eso nunca existió.
¿Entonces qué es?
Yo sólo sé su nombre.
Pues dímelo te lo ruego.
Su nombre es Tiempo.

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Your credit is about to expire.

Como un Conan sin espada,

un Shekespeare sin pluma

y un Cervantes sin batalla.

Los días pasan

y no ocurre nada,

nada, nada y nada.

solamente

el futuro  que se escapa,

mientras el presente nos atrapa

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Maneki Neko

– Abuelo, ¿Por qué dice la gente que tenemos la suerte de un gato?- Dijo el niño mirando muy arriba. Su abuelo le sujetaba la mano agachándose un poco por le lado izquierdo.

– ¿Quién dice eso?- Preguntó el anciano con la mirada fija en le camino de tierra.

– El pescadero.-

– Ese malnaci…- Paró el abuelo a media palabra.- Es porque tenemos mala suerte.

– Pero a mi me gustan los gatos.- Dijo el niño tirando del brazo del anciano.- Dan mala suerte.

– No, sólo uno y está allí.- El abuelo señaló la luna que pese a ser medio día se veía blanquecina en el cielo.

– ¿El gato de la luna es gafe?- El niño se soltó la mano del anciano y dio un saltitos señalando el satélite. Una polvareda se levantó en la zona, pero el viento seco y cálido se llevó pronto la mayor parte del polvo, el resto se quedó en las piernas desnudas y sudorosas de los dos caminantes.

– Es una historia muy larga. De la época en la que tus padre y la abuela estaban vivos.- En el rostro del viejo los ojos se cristalizaron y paró en seco. Los recuerdos de tiempos mejores le asaltaron por la espalda como un ladrón. Pese a que hacía ya tres años del incidente todavía le dominaba la nostalgia al recordarlo. Todo el mundo había perdido aquel estúpido día, pero él tenía la sensación de haber sido el único derrotado.

– No me acuerdo de los papas y la abuela.- Dijo el niño volviendo atrás hasta ponerse a la altura del anciano, cogió la mano y tiro hacía adelante.

– Tu padre era muy listo, quizás la persona más lista que había en el mundo. Y eso era porque estudió mucho de pequeño, que es lo que tienes que hacer tú.- el anciano retomó el paso moderadamente acelerado y tiró levemente de la mano del crío.

– ¿Y mamá, y la abuela?.- La abuela era muy dulce, te abría podido preparar caramelos ella misma. Y mi hija, tu madre era muy guapa y muy inteligente también.- el abuelo aceleró el paso intentando huir de los recuerdos, pero un tirón fuerte le paró en seco.

– Abuelo.- Exclamó el pequeño.

– Ah, voy muy rápido. Es que tenemos que llegar a casa hoy hay tormenta de arena.- Mintió el anciano, pero se sitió disculpado.

– ¿Y por qué los papas y la abuela no están?- Preguntó el crío con la curiosidad típica de un infante, sin ser consciente de que a veces las cosas tiene una trascendencia mayor de lo que a priori parece.

– ¿Por qué?- Se preguntó el anciano en voz alta. Los recuerdos le asaltaron sin remedio y más allá de la perdida pudo sentir el instante exacto en el que perdió, a casi toda su familia, se despertaba en su memoria. Llevaba tiempo dormido aquel recuerdo, tanto que tuvo un mal despertar.- Vamos a descansar.- Dijo tirando del niño en dirección a un árbol. Se sentó a la sombra y limpió las rodillas desnudas dándoles unos golpecitos.

-¿No venía tormenta?- Preguntó el niño sentándose al lado del anciano y repitiendo el gesto de este.

El viejo miró al horizonte y vio como estaba en calma.- No creo que venga pronto.- A los pies del árbol el calor era soportable y los dos familiares se sintieron aliviados.

– ¿Abuelo, los papas y la abuela hicieron algo malo?- Preguntó el chiquillo escarbando la tierra reseca y gris con las manos.

– No. ¿Por qué dices eso?.- El anciano posó su mirada en las manos del niño y observó con detenimiento como estas se cubrían de polvo.

– Nunca me cuentas nada.- Sacudió con las palmas la tierra un creó una pequeña polvareda.

El abuelo reflexionó un par de segundos y finalmente hablo.- Ven aquí.- Dijo señalando sus huesudas rodillas.- Deja de ensuciarte las manos y te contaré que pasó.-

El niño se levantó de un respingo y dio un salto hasta las piernas del anciano. Sus ojos se quedaron fijos en la pupilas del antecesor y esperó sonriente. De hecho tenía la misma cara absorta que tiene un crío ante el televisor mientras emiten su serie favorita.

– A ver por donde empiezo.- Dijo titubeante el anciano. Sabía perfectamente cómo pasó todo, pero su nieto no podía saber los detalles, sería demasiado duro con cinco años.- Ya sabes que tú papa era muy listo, el más listo del mundo decían.-

– Sí, eso ya me lo has contado.- El niño mantuvo el rostro de interés.

– Resulta que había gente que no creía que él fuese tan listo y no les gustó que alardease de ello.- La realidad era incluso más atractiva para un niño. Hacía cuatro años un cometa estuvo colisionó contra el planeta. No era muy grande, aunque lo suficiente, como para hacer un amago de extinción. Lo que pasó entonces es que los pocos cerebros que quedaban, en un mundo sobrepoblado y decadente, tuvieron la genial idea de instalar un gato japonés gigante en la luna. Decían los iluminados que el maneki neko golpearía con su brazo oscilante el cometa, como si de una bola de baseball se tratase. El padre del niño, era listo, quizás el único hombre con dos dedos de frente en todo el planeta, y anunció a toda la sociedad que no funcionaría. Mostró innumerables pruebas, el brazo era débil, la luna tenía su rotación propia y el cometa no era un absurda pelota cubierta de cuero. Todos los “científicos” involucrados en el plan maneki neko le tacharon de agorero. No se propusieron analizar los datos, sencillamente instaron a las autoridades a mandar todas las naves a construir un gato gigante y dorado, con el brazo ondulante, en la luna. Todos los esfuerzos de un planeta de diez mil millones de habitantes centrados en el mayor absurdo de la historia humana. Todos estaban convencidos del éxito de la misión, las infografías mostraban, claramente en los televisores, como el gato de la luna salvaba el planeta. Hasta sacaron en los meses anteriores series animadas, muñecos de acción y líneas de ropa. Todo el mundo giraba en torno al funesto felino. De hecho fue lo más normal en un  mundo dominado por la molicie, la permisividad y la brutalidad exaltadas de aquellos días. Por supuesto, el padre del niño realizó sus propias infografías, en base a los datos que obtuvo en los estudios, e intento mostrarlas. En esas imágenes el gato era golpeado en la cabeza y caía sobre el satélite desviando apenas unos milímetros el cometa. Desviándolo lo suficiente, como para que este se dirigiese al mar. Luego maremotos, un invierno nuclear y cientos de años hasta un correcta habitabilidad.

– ¿Abuelo? ¿Qué te pasa?- Dio el niño ante le silencio sepulcral del viejo. Al oír la voz del pequeño el viejo volvió de repente a la sombra del árbol y dejó a un lado la cadena de circunstancias que llevaron a su familia a la práctica destrucción.

– ¿Por dónde iba? Ah , sí. Tu padre era muy listo y predijo que una cosa fallaría.- En ese instante la predicción, que había visto en su salón tantas veces, volvió a su cabeza con la forma del recuerdo de la realidad que resultó ser. En la televisión emitían en directo el supuesto momento glorioso, en le que el gato debía golpear la ropa, pero aquello no fue lo que pasó. La gran piedra se precipitó contra el felino y le arrancó una oreja llevándosela consigo hasta la tierra. Al mismo tiempo el pesa cuerpo dorado del Maneki Neko caía sobre la superficie lunar levantando una polvareda que se pudo ver desde la tierra. Ese fenómeno fue denominado la cortina de la caja de Arena. El cometa siguió su camino e impactó contra le océano Atlático, ambas costas fueron arrasadas antes de que se diese la voz de alarma.- Al final tu padre tuvo razón y la gente se enfadó con él porque creían que lo había provocado. Decían que era un gafe.- El abuelo levantó la mano derecha y se frotó los ojos con fuerza, intentando evitar que le niño viese las lágrimas que se le escapaban.

– Pero él no tenía la culpa.- Dijo el niño con cara incrédula y dubitativa.

– Eso no tiene nada que ver.- Por primera vez el abuelo pensó en cómo contarle al niño los hechos y dejó a un lado los matices.- La gente estaba muy enfadada, habían perdido mucho y necesitaban desahogarse, no es que fuesen malos, es que no sabían lo que hacían.- Un gran vacío embargó al anciano cuando recordó como enfrente de su antigua casa ejecutaron a toda su familia. El había ido con le crío por comida aquel día y llegó justo cuando metían a su familia en sacos. Se quedó entre la muchedumbre que gritaba, caló la gorra y subió el cuello de la camisa y observó con detenimiento. Después de introducirlos en sacos los ataron con cuerdas a unos coches y arrancaron los vehículos. Forzaron las máquinas y los cuerpos dieron golpes por el asfalto, de vez en cuando giraban de manera brusca y la inercia provocaba que los sacos chocasen contra las paredes. La sangre brotó de las telas cerradas y el asfalto se fue llenando hasta que finalmente al cabo de unas horas, cuando ya no quedaba gasolina en los coches pararon. – Al final se llevaron a tus padre y a la abuela a un sitio del que no podrán volver jamás. Cuando se iban la gente les gritaba: Esa es la suerte de un gato.- El abuelo dejó las manos del niño y se levantó.- Ahora vámonos la tormenta ya debe estar muy cerca.-

– El pescadero quería entonces recordarme que no tengo papas ni abuela porque se los llevaron, porque papa era listo y porque todo el mundo era tonto.- Preguntó el niño con ingenuidad supina.

El anciano se incorporó al camino, hizo una seña con la mano al niño y decidió abandonar las palabras blandas y el trato amable que. años atrás. había llevado al planeta a creer en un gato. con un brazo pendulante. como salvador y dijo.- No hijo, no. Es que el pescadero es un cabrón.- Se sintió bien por primera vez desde que había comenzado aquella sucesión de recuerdos y sonrió feliz cogiendo la mano del niño y andando por le camino polvoriento.

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Terapaia

– Hola, doctor Sánchez.- Saluda el hombre de pelo cano. Es joven pero su cabeza está poblada de pelo blanco, incluso algunos de los de la barba rala están clareando.

– Encantado. Señor… –  Un médico que no va vestido como tal examina su libre subiendo sus anteojos para leer bien.- Gámez.-

– Verá es la primera vez que vento a un psiquiatra. Así que no se que hacer exactamente.-  Dije le hombre cano. Su cara está levemente bronceada pero, por el cuello de su camisa asuma una piel clara, casi translúcida. Parece que lleve años sin ver la luz del sol a cuerpo descubierto. Sus manos se mueven nerviosamente de un lado a otro, como si estuviese indicando el lugar donde se encuentra la salida en caso de que el despacho se estrelle.

– Túmbese en el diván y hable, yo tomaré notas y le haré preguntas durante la sesión, al final hablaremos y veremos si es necesaria una nueva visita.- El médico se sienta en un sillón oreje contigua a la cabecera del diván. Lleva mocasines marrones, calcetines llenos de bolitas, un pantalón gris con un cinturón de cuero agrietado y una camisa a cuadros de mangas cortas y dos tallas mas grande. Se podría decir que toda la ropa le viniese grande. Como si un día se hubiese despertado con dos tallas menos y no se haya percatado.

– Ya, pero algo tendré que hacer. Quiero decir habrá temas que usted no quiera escuchar.- El hombre se de la vuelta en el diván y apoya los brazos sobre el cabecero. Mira la doctor y espera una respuesta.

– Túmbese correctamente y cuente lo que quiera. Es importante que esté relajo.- El doctor Sánchez de una palmadita en el brazo de Fabián Gamez, y cruza las piernas. A continuación pasa una página de la libreta y prueba el bolígrafo garabateando el nombre de su paciente.

– Verá es que en realidad no sé muy bien porque he venido.- Fabián se hunde el diván y deja todos los miembros relajados.- Simplemente llevo tiempo sintiéndome único.- Para en seco al escuchar sus palabras y mira de reojo al lugar donde se ubica el psiquiatra.

– Prosiga.- Dice el doctor mirando al fondo de la habitación. En la libreta sólo está el garabato.

– Verá la gente, no puedo conectar con ellos. Siento que vivo en un mundo paralelo. No encuentro demasiado sentido a lo que hacen ni al cómo.- El hombre de pelo cano baja la mirada y respira hondo.- Les veo, observo a todo el mundo y no puedo dejar de pensar en cómo lo hacen. ¿comprende lo que le quiero decir?- Esta vez no mueve la cabeza simplemente deja la estancia en silencio y espera.

– Continúe hablando, no se preocupe por mí, simplemente diga lo que tiene que decir.- El doctor apunta varias palabras y espera devolviendo el silencio al señor Gamez.

– Sé, que en realidad hago lo mismo que todo el mundo, voy al trabajo, interactúo, incluso a veces quedo para tomar cervezas con los compañeros. Pero ni aún así comprendo muy bien cómo y porqué hacen las cosas que hacen. – Fabián gira ambas manos en forma de cuenco a los lados intentando mostrar una obviedad.

– Pero usted hace lo mismo que todas esas personas. Por lo menos dice eso. Así que: ¿Dígame no es un igual?- El médico flacucho le da la vuelta a la libreta y pinta un interrogante al lado de un símbolo de igualdad.

– Lo que pasa es que nada de eso me llena. Simplemente lo hago porque es lo que debería hacer. Creo que es lo que llevo haciendo toda mi vida.- La cara morena se revuelve en el diván intentando volverse. Pero antes de que pueda girar una voz le interrumpe.

– ¿Desde cuándo le pasa eso que me dice?.- Dice el psiquiatra que garabatea algo ininteligible.

– Creo que desde que fui consciente de manera real de lo distinto que era todo el mundo. No sé muy bien como explicarlo.- Fabián cierra los ojos e intenta recordar el momento exacto. Él no lo sabe pero ese momento ha sido deformado por el tiempo y un falso recuerdo lo ha sustituido. En el ve como asiste impertérrito a una boda. Mientras la gente de su alrededor desprende dolor el simplemente piensa en su comida favorita. El recuerdo real, que aun habita en su cerebro es le de un entierro, no es tampoco real, pues es de un sueño en el que es enterrado.

– ¿De que forma son distintos?- Dice el doctor que anota el largo lapso de tiempo que pasó Fabián recordando en silencio.

– Parecen conectados. Cómo si hablasen un lenguaje particular y único. No comprendo a nadie. Sienten las cosas de forma diferente, de forma sincera.- Estira los pies en el diván y voltea la cabeza levemente.

– ¿Entonces usted cree que el resto de la gente es distinta porque no actúan?- Pregunta el doctor mientras pasa una nueva página.

– No sé si actúan, pero sé que yo actúo.- Fabián entrelaza los dedos morenos y velludos y piensa un instante.- Puede que actúan, pero quizás lo hagan mejor que yo. En ese caso hay una forma especial de actuar que desconozco y el resto del mundo sí la conoce.

– ¿Y cómo actúa usted? Quiero decir, qué en base a que método interactúa con las demás personas.- El doctor garabatea la palabra víctima y espera mirando la cabecera del diván. El resto de la habitación permanece más en penumbras que iluminada, en parte por las escasas bombillas y en parte por las estanterías apelotonadas y oscuras.

– Simplemente imito al a gente. Me fijo que hacen en ese momento y hago lo mismo que ellos.- Gamez separa la manos y hecha un hondo suspiro.

– ¿Esa mecánica no le servirá siempre verdad?- Sánchez se atusa el pelo con la mano del bolígrafo y espera pacientemente.

– ¿Cómo lo sabe?-  Pregunta Fabián girándose por completo, en su cara la incredulidad es patente.

– Limítese a contestar.- Dice el doctor que vuelve a darle un toque en el brazo para que vuelva a tumbarse.

– Si e de ser sincero no siempre ha funcionado, pero con los años he aprendido a saber que esperan en cada situación.-

– Explíquese.- Dice el médico volviendo su mirada la fondo de la habitación. Por su cabeza nada de aquella situación está sucediendo, ya que recuerda vividamente a la prostituta con la que mantuvo relaciones la noche anterior.

– Pues si alguien está triste necesita ser anima. Lo he visto muchas veces. Y hay muchas formas de hacerlo, pero no siempre elijo la correcta. Es como si hubiesen demasiadas variedades de sentimientos y no fuese capaz de entenderlas todas.- Fabián se rasca una mejilla y piensa en los llantos ajenos que ha presenciado durante su vida. Ninguno de ellos le han importado lo más mínimo, más bien le molestaban. Le molesta el hecho de tener que cambiar su forma de actuar, cambiar la forma en la que suceden las cosas. Le frustra en realidad no ser capaz de empalizar con ningún humano.

– Casi nadie puede entender todos los sentimientos de los que les rodean. Sólo las personas que se conocen profundamente pueden. Así que, cómo se siente respecto a ello.- Por la mente del Psiquiatra pasa de refilón el olor del pelo moreno y rizado de la prostituta brasileña. No lo perciba pero el pensamiento ha hecho que sus pupilas se dilaten más, y un leve flujo de sangre a hecho crecer su pene.

– No me siento especialmente mal. Lo que pasa es que me hace preguntarme constantemente acerca de esas personas.- La mentira ha sido lanzada, tal y como el quiere, sabe que decir que odia sentirse así y a las personas que le hacen sentirse de ese modo es políticamente incorrecto. Fabián sabe en este momento como actuar para no parecer alterado.

– Pero, ¿cómo se siente al estar cuestionándose constantemente?- Sánchez aún en su ensoñación erótica ha percibido algo en la contestación de el señor Gamez. En realidad ha notada que no ha dicho nada. En su libreta apunta la palabra sentir, la palabra actuar y las une con una flecha.

– No me siento mal, quiero decir que no es cómodo, pero tampoco un suplicio.- Fabián comienza a ponerse nervioso, sabe que si el psiquiatra sigue hostigándole dirá algo de lo que se arrepentirá. Fallará en su actuación y no puede permitírselo.

– ¿Cómo definiría la incomodidad que siente?.- Pregunta el doctor Sánchez, subraya varias veces la palabras unidas por la flecha.

– Es como un vacío.- Fabián se siente contento. La palabra vacío, es algo que suele definir demasiadas cosas, la ha escuchado multitud de veces en numerosas bocas, la última vez de labios de su mujer cuando le definía su matrimonio.

– Un vacío es la sensación de falta, y necesita ser llenado siempre. Aunque también es a veces la ausencia de problemas, depende de la perspectiva. ¿Entiende lo que le quiero decir?- En la cabeza del psiquiatra una botella de Coca-cola sin líquido se enfrenta en un combate de importancia con un tonel de residuos radiactivos sin residuo alguno.- ¿Diría que se s vacío puede ser más beneficioso o pernicioso?- El médico mira de reojo el reloj de pulsera y sonríe.

– Depende del momento. A veces creo que es una bendición no sentir eso que lleva a todo el mundo a llorar o cosas peores, pero otras creo que lo que me pierdo es más importante que el dolor.

– Ya hemos llegado a la hora. Ahora permítame que le cuente un par de cosas importantes.- El doctor se levanta y da un par de vueltas por la habitación y comienza a hablar mirando por la ventana.- Usted, señor Gamez no es ajeno. Le gusta pensarlo, por que así se aísla de las cosas nocivas, digamos que en algún momento se produjo una disonancia cognoscitiva muy grande en su psique, quizás cuando comenzó a actuar de esa forma, cuando maduro como ha dicho. Lo que creo es que es necesario ahondar en ese episodio para resolver su forma de comunicarse con el mundo.- Sánchez mira de nuevo el reloj y decide terminar. No es que le importe o no Fabián es que directamente no entra en el plan de su tiempo restante. – Verá me ha mentido en varias ocasiones, porque sabe que en realidad usted no quería que yo escuchase lo que pensaba. Eso no es un problema, es más diría que es parte de la solución. Eso que usted llama actuar es de hecho hipocresía y todo el mundo lo practica. Como bien explicó antes hay que gente que parece hacerlo mejor, pero en realido todo es cuestión de práctica y genes. Bueno, si desea una cita hable con mi secretaria, de todas formas es a ella a quién debe abonar el dinero de la sesión.- Deja una mano señalando la puerta y ni siquiera se digan a en darse la vuelta. Cuando la puerta se cierra se sienta en el diván. De hecho se tumba y piensa profundamente en nada durante le tiempo que desea. Bloquea cualquier pensamiento hasta quedarse sostenido solamente por el bulbo raquídeo. Pasan dos horas y vuelve en sí. Mira la habitación, de reojo, más oscura que antes debido a que entra menos claridad del exterior. Se levanta y recoge la libreta, repasa las notas y se dirige a un escritorio que hay en la esquina opuesta a la puerta. Se sienta en un sillón, abre un cajón y tira la libreta. Por su cabeza desfilan cada uno de los clientes que ha tenido. En realidad para el no son más que clientes. Se siente como su prostituta brasileña, aportando consuelo  a cambio de dinero, la única diferencia es que él tiene un título. Tras repasar todos los casos piensa que hay demasiados fracasados  e inútiles en la ciudad. Esa suma de desechos es la que le hacen reaccionar. Sabe que necesitaba decidirse y después de mucho tiempo lo ha hecho. Enciende la lámpara de la mesa y coge de nuevo la libreta, se equivoca en primer término, pues el cajón está lleno de cuadernitos. Finalmente escoge la correcta y la vuelve a leer, Apunta al final la palabra narcisista, luego la tacha y escribe egocéntrico. Esa palabra va dirigida a sí mismo, es consciente de su megalomanía, pero sabe que a su edad no es algo que puede ni desee cambiar. Tira la libreta a la papelera para luego coge todos y realizar la misma acción, parece un robot que monta un parachoques en la cadena de Henrry, es un autómata, porque entiende que cuando termine de limpiar tendrá que seguir con el siguiente paso.

Al acabar descuelga un viejo teléfono negro de góndola y marca con paciencia todos los números, la cada dígito tiene que esperar que la rueda recupere su posición. Al resto de lo mortales podría enervarles tanta complicación, pero al doctor, en medicina psiquiatrita Sánchez, eso no le importa porque se acaba de jubilar, tiene todo el tiempo del mundo y menos peso sobre sus hombros.

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Tres relatos de Alejandría + uno.

Mi puerta.

Así que esto es morir. No se siente tan doloroso, puedo notar las punzadas de los huesos fracturados que han atravesado los músculos y la piel hasta oxigenar el tuétano, pero no es dolor, sino conciencia del hecho en sí. Definitivamente no duele, aunque esta ceguera imposibilita que comprenda la situación de manera completa.
Lo último que vi fue el viejo Audi dorado que venia calle abajo, dos mil quilos o quizá más, el conductor debe pesar sus cien quilos por si mismo, además ese modelo de coche es viejo, hecho de acero y nada de fibra, tres toneladas entonces.
Lo observé durante un segundo y ahora el calor abandona mi cuerpo, con un constante goteo evacua el agua de las reservas. Las manos empiezan a estar entumecidas, como si me hubiese dormido sobre los brazos. La misma y exacta sensación, noto las manos pero no se mueven, dos manoplas inútiles hechas para no sacar ningún bollo del horno.
Así que atropellado, debería haber prestado más atención. Ya me pasó algo parecido cuando ese niño frenó frente a mi cara esta mañana. Esa vez me tiré tras una farola. Me cubrí cuando ya estaba detenido el chico. Su bici roja había chirriado dándome le pistoletazo de salida para el salto lateral y asíncrono.
“Presta atención”, siempre me lo decían, al menos una vez a la semana algún desconocido o un no tan ajeno agarraba mi brazo para que no volase delante de algún vehículo. Lo chocante, valga la ironía semántica, era cuando esas personas que me salvaban de estar como ahora se sentían aliviados sin pensar que mi obnubilación me llevaría a ese mismo punto una y otra vez de forma iterativa en una cadena perpetua de agarrones y frenazos.
Nota mental, la dificultad respiratoria viene en el paquete de la muerte. Ahora me cuesta imaginar, y eso es extraño. Siempre que he estado al borde del atropello andaba por otro lugar, recreando un bosque gracias a los cantos de los pájaros y los exiguos árboles de la avenida, o conversando charlas pasadas de nuevo, modificando mis frases y razonando como se hubiesen desarrollado de haber de haber pronunciado otras palabras, las palabras adecuadas para aquellos inadecuados momentos. Eso me gusta, imaginar, ver otras cosas donde no están. Corrijo, me gustaba porque evidentemente  de esta no voy a salir.
¿Por dónde iba cuando me dio aquel coche dorado? Cruzaba una calle, pero, ¿Era por el lugar adecuado? Sé que había un paso de cebra, algo despintado por el paso de los vehículos, y los peatones. El suelo estaba caliente, no lo suficiente como para expeler la flama del verano , pero si lo suficiente para sentir el calor subiendo por los pantalones abiertos como si de una chimenea se tratasen.
No hubo pitido, así que seguramente el tipo de los cien quilos no me vio, o sí. Debían  ser la once y cinco, el día estaba despejado creo. Sí, el cielo estaba abierto, porque de otra forma no hubiese hecho tanto calor.
Ahora tocan los pies. Esto es interesante, al estar tumbado la sangre llegaba con más facilidad a las piernas, por eso debo estar tardando tan poco en morir. Claro, las fracturas están en ambas piernas.
No miré, ese paso de cebra no tenía semáforos. Maldita manía de seguir a rajatabla el código de circulación. Los coches deben pararse siempre, pero siempre no es un imperativo categórico y definitivo. Por lo tanto no fue un error mío al cien por cien, más bien una doble cagada.
Caramba, que típico una luz, negra para variar un poco y darle un poco de interés a esta experiencia. Una luz que dibuja en fluorescente blanco letras en alfabetos extraños. Indio a lo mejor, u árabe. A lo mejor el Dios de los otros es más acertado que le de mi cultura. Aunque, ahora que miro bien, hay frases escritas en múltiples lenguas, también la mía. Entrada, o salida. Vaya, podrían ser claros aunque sea en la muerte. El paraíso ultravioleta de la contradicción. Normal que no queden creyentes de verdad, si ni siquiera pueden decir claramente a dónde va una puerta que es igual para los que tienen fe, sean cual sea, incluso el culto a las ratas, y los que no. O, a lo mejor la puerta es genérica, pero el color depende de cada uno, en mi caso el negro y el blanco de neón encendido. Incluso la puerta puede ser la mía y la de nadie más. Un ente, una puerta esa es la política del paso al otro mundo. Política derrochadora, ya podían hacer una giratoria con un gran cartel mental en un solo color que dejase claro a dónde se va y si hay alguna condición como por ejemplo: Prohibido boches, ecologistas, homosexuales, pedófilos, amas de casa y flautistas de flautas traviesas. No por nada, sino porque Dios, su Dios, mi Dios debe odiar a alguien. No me creo el cuento ese de que es todo amor. El único amor que conozco sale del sexo o de las lágrimas y Dios no creo que folle ni mucho menos llore. Aunque sería interesante verlo soltar alguna lágrima después de tener el orgasmo de despedida con su pareja. Ese es Dios, un tipo que sólo llora cuando folla y nunca folla.
Que sencillo parece todo ahora, la único que complica las cosas es una puerta. Sencillo, sin sangre, oxígeno, vista real, dolor, ni culpa por morir. Sin culpa, ni peso alguno, sólo con mi puerta, que es mía y de nadie más, detrás de la cual mi Dios, el mío, estará esperando en lencería negra, con una lágrima esperando surcar su infinita mejilla casquivana.

¿Perdona?

En algún punto indeterminado entre el año 2002 y 2004 surgió un mal que estuvo a punto de llevar a la humanidad hasta su extinción.
El gremio de los zapateros, que desde los albores de los Sapiens Sapiens, incluso quizá desde los Habilis, había dado paz a toda clase de pies, fue víctima de un extraño virus. El denominado Kistch-T11. En un primer instante nadie lo percibió, pues eran pocos los diseñadores infectados y se entendía que aquellas aberraciones, fuesen lo que fuesen, respondían a estudios de mercados perpetrados por desalmados directores de marketing encorbatados.
Pocas personas se atrevían a llevar los zapatos de los infectados. Estos “valientes” carecían de sentido del gusto o de la respuesta innata, de un ser evolucionado, ante las monstruosidades. Portadores de trajes y chándales blancos se sentían cómodos con esa nueva ola que mermaba la capacidad de elección de los seres racionales.
Un año después de los primeros vestigios de la infección las estanterías se hallaban repletas de ofensivas tachuelas doradas, cordones y velcros desubicados y una total carencia de la estética. Fue en ese instante cuando los Gobiernos se dieron cuenta. Se invirtieron miles de millones para encontrar una vacuna que nunca llegó, y sólo las empresas más importantes parecían mantener limpios a sus diseñadores. La compra de calzado cayó pues los precios de los zapatos decentes subieron como la espuma y sólo aquellos con un gran poder adquisitivo podían permitírselo.
Así las cosas, alguna gran empresa quedó infectada. Se cree que la competencia provocó ese hecho para quedarse todo el mercado. Pero la jugada les salió mal y su infección fue devuelta al sumirse sus rivales en le caos estilístico. En aquel instante las botas de cuero con remaches de rubíes plásticos surgieron desterrando toda esperanza.
La gente gastó sus zapatos hasta quedar descalza, momento en el cual todo cambió. Millones perecieron por las infecciones originadas al ir descalzos, otras quedaron inválidas, con los pies envueltos en cayos que les impedían moverse.
Treinta años después la población mundial apenas sobrepasaba los cien millones, viviendo de la caza y la recolección de frutos.
No tardo entonces en celebrarse un concilio donde la humanidad, decidió crear tres diseños. Los tres únicos diseños que existen desde entonces. Por supuesto en dicha elección no participó nadie que portase trajes o indumentaria descaradamente blanca.
Y esa es la historia de la crisis del calzado del siglo XXI. Para mañana lean el capítulo trescientos: Acerca de la revolución colonial en Tritón y otros conflictos extraterrestres menores.

Los últimos.

Pedro entrelazó las manos alrededor de la taza humeante de té y dijo.- A estas alturas ya deberían saberlo.- Suspiró mirando el agua que subía de la superficie color crema y continuó.- ¿No crees qué tendríamos que hacer algo?. En cualquier momento echarán la puerta abajo y se acabó.
Luís, que había estado escuchando en todo momento, tenía la mirada perdida en algún punto de la pared. En su mano, una colilla dejaba caer briznas de ceniza debido al leve temblor de la mano con la que sostenía el cigarrillo. – ¿Lo saben verdad?.- Acertó al fin Luís a balbucear.
-Claro idiota, lo has escuchado igual que yo. Han descubierto los panfletos en el piso de Juan. Sólo es cuestión de tiempo.
-Si nos detienen eso será lo único que tengamos, tiempo hasta acabar nuestros días.- Interpeló Luís dejando caer la colilla marrón al suelo de madera para apagarla de un pistón, dejando un tizno en la porosa grieta que cubría el listón. Esperó un segundo y continuó.- Aunque a lo mejor nos sentencian a muerte. Sería un poco menos de tiempo.-
-¡Pues movámonos!- Dijo Pedro moviendo las manos sobre su cabeza a modo de oración. Al dejar caer sus brazos, la taza de té perdió su equilibrio manchando el barniz con la pegajosa leche manchada de beige.
-Yo no me voy.- Espetó Luís.- Sabes que tarde o temprano darán con nosotros. Tenemos que encontrar otra solución más rápida-
Pedro se levantó y anduvo en elipse por la estrecha habitación mientras se mordías las uñas- Pues dime que propones.- Tras las palabras se apoyó de perfil sobre una pared, desconchada y fría, mirando la puerta con los ojos vidriosos.
Luís respiró hondo y dijo.-Yo no quiero ir al a cárcel, solo eran unos panfletos. ¡una mierda de propaganda!.-  Luego Prendió otro cigarrillo y lo acercó con la mano temblorosa a su boca una y otra vez hasta consumir el papel en un santiamén.-Podemos hacer dos cosas; darnos un tiro de gracia aquí y ahora, evitando así la prisión, los trabajos forzados, los interrogatorios y posiblemente el fusilamiento; o le cargamos el muerto a alguien. Porque cuando lo que está en juego es nuestra vida a los ideales de hermandad les pueden dar por el culo.
Pedro se separó bruscamente de la pared y miró a Luís con el semblante serio pese a que las lágrimas salían a borbotones de su cara. – Quizás podríamos irnos la monte, piénsalo. Hay muchos hombres luchando en el norte. Podríamos ser parte de la reconquista.-
Luís se echó para atrás unos pasos y dijo finalmente.- Yo no quiero que me den caza como a un animal salvaje, si es preciso venderé al que sea. No te das cuenta, lo único que nos queda es la vida. ¡Ya no hay lucha! Se acabó toda esa mierda de ideales, hemos perdido.-
-Voy a la comisaría a entregarme. Yo no pienso traicionar aquello por lo que he luchado, ya he visto morir a demasiados camaradas. Tú puedes hacer lo que quieras, no te delataré, pero si alguna vez me entero que hablaste de alguien reza porque no te encuentre. Porque te daré caza como temes, te juro que te cazaré si vendes a alguien.- Pedro salió rojo de ira aun con lágrimas en el rostro. Cerró la puerta con estrépito y un polvillo blanquecino descendió desde el oscuro techo.
Luís quedó en un rincón mirando en el suelo las marcas de cigarros apagados al tiempo que prendía otro. Sostuvo el cigarro con la mano derecha un poco alzada, dejando lejos de sí el molesto humo añil, del papel y las hojas de tabaco, que subía en una recta ondulada hasta fundirse con la oscura sombra del techo. La sombra que observaba toda la habitación.

Once y cinco.

Once y cinco, la aguja escuálida apuntando al cinco, como sin quererlo y la corta parada en el once. El segundero inmóvil las observa carentes de vida, de interés y de relevancia en el stop más largo de la historia. Es difícil saber cuando paró el reloj, pero desde ese instante todos los momentos del universo son o se produjeron a las once y cinco. Nada ocurrió a otro hora y en otro tiempo, ni nada ocurrirá en otro tiempo.
Pese a acertar de manera exacta dos veces al día, para el reloj no hay otro tiempo: Ve eclipses de doce horas y en un segundo sus días duran eternamente.
En un pasado remoto, quizás a las once y cinco, de la mañana estábamos en mundos separados, sin espejos que nos mirasen devolviéndonos la vista con nuestros propios ojos. Porque la reflexión en pausa sencillamente va en contra de la física. Tú te mirabas atusando tu pelo castaño, imaginando que peinado era el mejor sin saber que no veías más que un cuarto inmóvil. Y yo contaba con el dedo el mismo número una y otra vez. Siete, siete, siete, la suma ininterrumpida por los siglos arroja un resultado prefijado de antemano por el segundo dedo extendido de la mano derecha.
Ya en la noche de aquel lejano ayer, noche en la que Antares no guiaba a la Vía láctea, porque esta no necesitaba moverse, porque sencillamente no se movía.  Esa cálida, no de temperatura, provocaba que tu piel expeliese sudor, un sempiterno goteo desde tus axilas y hasta estas. No aumentaban las gotas, simplemente salían de los poros para volver a salir de aquellas axilas ajenas al vello. Esa noche eterna me hacía dar vueltas en un colchón. Era niño y el calor, constante de veintisiete grados centígrados, me impedía dormir. Me giraba a la izquierda una y otra vez, para volver a hacerlo sin encontrar en el lado del colchón una refrigeración palpable para los ochenta con seis grados Fahrenheit.
Hace poco las once y cinco significaban otra cosa. Más complejas, menos mundanas. Mirabas la pantalla detenida a medio refrescar, con la imagen rota por la mitad. Mirabas los números descuadrados en siete mil, y tu rostro severo se fijaba en el último cero y volvía al siete de los siete mil. La preocupación subía y bajaba, cómo el tiovivo que de niños nos dejaba en los infantes rostros el miedo de la fuerza centrífuga. El pánico de caer del pony, a perder el trabajo. Y en ese instante me movía de un lugar al mismo sitios dejando un surco profundo e invisible en el suelo. En mi cabeza un misterio incierto se formaba para desaparecer. Una diminuta idea verde crecía y volvía a ser azul. El interruptor de la discoteca era accionado por un Juan Pablo II grande, pero enfermo. Las luciérnagas iban para volver con su luz verde.
Esa misma noche observabas consternada mi rostro y dentro de mi cabeza, a las once y cinco una masa verde palpitaba en rojo. Ya lo sabía, aquello era un echo que te comentaba con ojos de loco. Y que tú recibías con lentes húmedas. Tu pack era grande, pero de ninguna de las ofertas era yo culpable. Quizá sí de una, pero en la promoción no influí, pero puede que te dejase sola, pero era por falta de tiempo. Ninguno teníamos tiempo cuando las horas se sucedían una detrás de otra en un continuo indescriptiblemente cíclico.
Después, ahora, y a las once y cinco la butaca vacía reía en lado septentrional del living. Sin mecerse, tranquila y ajena a los crujido. Estas noches estás en la casa donde te peinabas de niña y ya no te acicalas frente al la nada, sólo rememoras un corto segundo de manera perpetua, cómo lo haría un crío con su película favorita, de manera obsesa. Mientras en mi pantalla un coche explota iluminando y no la mecedora. Evadiéndome, con los siete altavoces mas uno, de tu película, de la mía.
Dentro de poco, con las agujas abiertas sesenta grados y centradas respecto al doce, ni un minuto antes ni otro posterior, estarás de nuevo viendo la pantalla en otra oficina de meno tamaño por la que la luz entra débilmente desde un ventanuco alargado, alto y cerrado. Tus sietes serán de otro color, más pequeños, pero tu sonrisa de alivio será inmensa, liberada de un peso lapidario diría yo. Abres la boca mostrando tu perfecta dentadura de Ava Gardner para abrirla de nuevo. Orgullosa de tener los dientes de un mito, de ser perfecta aunque sea sonriendo eternamente. Setenta te contenta sobremanera. Mi mañana será extraña una corbata de topos me ahorcará, pero lo hará poco a poco, por los siglos de los siglos en ese instante sostenido. Delante miradas escrutando a mi derecha. Derecha en la que reposa un lienzo con una imagen vana, facililla, adornada con algunos textos igualmente sencillos. La corbata se apretará y también otras cosas.
Por la noche y no sé como tu pelo estará en mi mano derecha, tu seno izquierdo será lamido por mi lengua en un intento infinito de poner el pezón erecto. Tu mano sostendrá mi pene con presión, como la corbata y buscará en una ráfaga sin fin una eyaculación que nunca llegará. Los testículos me dolerán como tú perderás la sensibilidad del pezón. Coitos interminables en el sofá del salón. Millones de ausencias, tantas como puntos en una línea, de consumación a las once y cinco.
Y finalmente dentro de mucho dará igual que sea de noche o de día. Yo ya estaré muerto, fallecido un día siete el mes siete a las once y cinco. Pero tú, ausente en tu infinito olvido te atusarás de nuevo el pelo frente a la ventana. Te tocaras el cuero cabelludo y las raíces al tiempo que vuelo en polvo sin asentarme jamás en un sitio concreto. Sin aterrizar, sin encontrar el peinado perfecto permaneceremos a las once y cinco.

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